Llamar desde una cabina

OPINIÓN

Imagen de archivo de tres mujeres llamando por teléfono en unas cabinas en el año 2004
Imagen de archivo de tres mujeres llamando por teléfono en unas cabinas en el año 2004 XOAN CARLOS GIL

28 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Si en diez minutos alguien no te contesta a un wasap, tu cabeza empieza a contemplar todo tipo de posibilidades terribles. No lo digo de broma. Yo lo pienso. Pienso en que si alguien no me ha contestado es porque está entrando en la uci o lo acaba de atropellar un coche. Vivimos en esa agonía de la inmediatez, por eso cuando una deja horas el teléfono en la mesilla sin ningún tipo de vigilancia sabe a lo que se expone. Ese terribilismo nos llega en forma de múltiples mensajes asustados con un «¿dónde estáaas?» o de llamadas perdidas de preocupación. Los gurús del bienestar nos hablan de la desconexión y, en cuanto damos dos pasos sin el móvil, nos entran todo tipo de ansiedades y paranoias que nos hacen pensar que tenemos que estar disponibles. Y no es cierto. Lo saben bien quienes aún recuerdan de memoria los números de aquellos teléfonos fijos que se han quedado en el cerebro para siempre como ejemplo de un tiempo lento en el que aún podías marcar girando la rosca. Llamar era un ritual que te permitía enredarte en el cable de la cháchara o tragar saliva cuando te cogía quien tú no esperabas. A veces llamábamos y colgábamos como un juego de coqueteo adolescente o nos metíamos cuatro en una cabina para escuchar su voz diciendo: «¿Diga?». Entonces podíamos perdernos por la calle varias horas sin que nadie nos reclamase al minuto. Teníamos otra conexión. Éramos libres.