Aguantar hasta mañana

Javier Martín Merchán PROFESOR DE CIENCIAS POLÍTICAS Y RELACIONES INTERNACIONALES DE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE COMILLAS.

OPINIÓN

MABEL R. G.

20 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

La mujer del presidente, investigada. El hermano del presidente, procesado. El exministro con mayor presupuesto de obra pública (y mano derecha del presidente), investigado. Su sucesor como mano derecha del presidente, procesado y en prisión provisional. El fiscal general del presidente, a punto de sentarse en el banquillo. Y más allá de los frentes judiciales que cercan al presidente, a su partido y a su entorno, el Gobierno exhibe su debilidad en cada votación parlamentaria, donde agoniza y a menudo fracasa en su intento por impulsar cualquier iniciativa de la que sus socios separatistas no saquen tajada. Tanto es así, para más inri, que, pese al precepto constitucional, ni hay ni esperan aprobarse Presupuestos. Ante esta situación, es lógico que uno se pregunte si también ahora el Gobierno puede capear el temporal y permanecer en el poder hasta el 2027.

La respuesta es que sí lo hará. Primero, la convocatoria anticipada de elecciones es una prerrogativa que le corresponde únicamente al presidente del Gobierno. Por tanto, en un contexto en que los presuntos casos de corrupción de su entorno dominan la agenda y en que todas las encuestas (salvo el CIS) vaticinan una mayoría parlamentaria del bloque de la derecha en unas hipotéticas elecciones, es evidente que Sánchez no va a hacer uso de esa prerrogativa.

Segundo, la mera retirada del apoyo de sus socios no basta para hacer caer al Gobierno. La única forma de que esto último suceda pasa por que esa retirada se traduzca en una moción de censura. Y plantear una moción de censura en vistas de la actual aritmética parlamentaria, que obligaría a Podemos o Junts a ponerse de acuerdo con la derecha (y, sobre todo, con Vox) parece un mal chiste.

Más aún, no se trata solo de que la actual distribución de fuerzas en el Congreso «constriña» las posibilidades de presentar una moción exitosa; es que los propios socios de investidura ni siquiera tienen incentivos para hacerlo, pues saben que cualquier alternativa a la actual resulta comparativamente peor para sus intereses (que poco tienen que ver con los de España, por cierto). Y habría que ver hasta qué punto cuenta con esos incentivos el propio Vox, que disfruta viendo al Gobierno desgastarse mientras crece cada día en las encuestas.

La coyuntura, por tanto, condena a nuestro país a una suerte de impasse sin fecha clara de caducidad hasta 2027. Un impasse en el que ni se puede sacar adelante un programa de Gobierno, ni se puede deponer al Ejecutivo incapaz de aplicar ese programa. No hemos de entender el estado actual de las cosas como algo inevitable, en cualquier caso. Con un entorno acechado por múltiples casos de corrupción y una exigua mayoría parlamentaria que impide legislar, un presidente con la altura política y moral de otra época podría tomar la decisión de convocar elecciones, mientras que unos socios de la misma talla podrían hacer prosperar una moción de censura que, bajo condiciones legítimamente acordadas, diera la alternativa a la oposición.

Sin embargo, este modus operandi rompería con la estrategia que ha guiado la acción política de Sánchez desde que llegó a la Moncloa y de la que se han nutrido sus socios: no se trata de llevar a cabo grandes proyectos ni de seguir una hoja de ruta fundada en una idea clara de España, sino de «aguantar hasta mañana». Eso sí, el presidente «lleva siete años aguantando hasta mañana», como apuntaba recientemente el profesor Bastos, y, aunque sin una hoja de ruta bien definida, en ese proceso nuestra democracia sí ha ido abrazando una senda iliberal marcada por la colonización institucional, la demonización del adversario, el retorcimiento de la norma constitucional, el debilitamiento de la separación de poderes, y la menguante sujeción de mayorías parlamentarias al imperio de ley. El mercadeo del Estado de derecho, en definitiva, como moneda de cambio para una noche más en la Moncloa.

Y es que, sin duda, «aguantar hasta mañana» es una estrategia efectiva para gestionar el desgobierno. Pero esa estrategia nace de una doble convicción con nefastas implicaciones para la convivencia de los distintos en una sociedad plural, a saber, que existen motivos para no tolerar a la oposición, y que, por tanto, la autocontención en el poder y la alternancia política no son principios fundamentales de una sana democracia. Una convicción que se hizo evidente el pasado junio, tras el informe de la UCO que vinculaba a Santos Cerdán con la presunta trama de adjudicaciones irregulares del Ministerio de Transportes, cuando Sánchez aseguró que «entregar las riendas del país» al PP y a Vox sería una «tremenda irresponsabilidad».

«Aguantar hasta mañana», por tanto, esconde una perversa idea de democracia. Una en la que el Gobierno de «los míos» es un bien supremo y en la que, por tanto, todo lo que se hace desde ese gobierno es moralmente aceptable, sus errores son asumibles, y la labor de un buen demócrata no gira en torno a la fiscalización del poder de «los míos», sino en torno a la fiscalización de aquellos que lo desafían, desde la oposición hasta los medios de comunicación. Así, si aquel bien supremo (el mantenimiento de «los míos» en el poder) exige prorrogar los presupuestos sine die, se prorrogan; si exige transigir con que la esposa, el hermano, el fiscal general y las dos últimas manos derechas del presidente estén implicados en procedimientos judiciales, se transige; si exige asumir que los pagos en efectivo por liquidación de gastos son práctica habitual (y libre de toda sospecha) en el PSOE, se asume; si exige legislar ad hominem, se legisla; si exige manosear la Constitución y el Código Penal a cambio de una investidura o de apoyo parlamentario, se manosean; y si exige supeditar la aplicación de la ley al valor político de cada ciudadano, se supedita. Uno podría pensar que, en democracia, nada de esto es normal, pero, si «aguantar hasta mañana» exige normalizar la anormalidad, se normaliza.