Embotellados

José Francisco Sánchez Sánchez
Paco Sánchez EN LA CUERDA FLOJA

OPINIÓN

Agostime | EUROPAPRESS

El miércoles me quedé atrapado en un aparcamiento subterráneo junto a muchas otras personas que llenaron pronto el carril que enfilaba las rampas de salida. Pensé que se había estropeado el mecanismo o que alguien se había atorado. Bastó un simple vistazo para percibir que la rampa también estaba repleta de coches después de la barrera. Pensé que se habría producido un accidente en la calle. Luego recordé que habían convocado una manifestación para pedir que terminara una guerra que ya había terminado, aunque los palestinos seguían matando palestinos (algunos malpensados dijeron que trataban de difuminar las noticias sobre la comparecencia de Ábalos en el Tribunal Supremo). Al cabo de unos minutos empezaron a llegar manifestantes que abandonaron temprano la marcha, quizá porque, como yo, tenían muchas otras cosas que atender y les faltaba tiempo. Pensé: «Me alegro, así lo sufren en carne propia». Algunos intentaron incrustarse en la cola de salida por delante de los que llevábamos allí mucho tiempo. Nadie se lo permitió y volví a alegrarme. Hasta que me di cuenta y me entró una vergüenza tremenda.

¿Cómo podía alegrarme del mal de otro, algo tan opuesto a mis convicciones? ¿Me habían polarizado también? Porque esas sociedades encontradas, enemigas, se construyen así: a base de instilar odio, a base de cosificar o animalizar a los otros de modo que ya no se sienta el rechazo como inmoral y, además, resulte imposible escucharlos, intentar comprender sus posturas.

A la vez, se desiste del esfuerzo de elaborar los argumentos propios, reducidos ya a la violencia de la manipulación, el insulto o la pedrada. Y se llega a un garaje sin salidas: imposible construir un acuerdo.