Somos una sociedad a la que se nos llena la boca hablando de sostenibilidad, de cuidado del medio ambiente, del fin de los vehículos de combustión y de la eficiencia que implica el uso de los medios públicos de transporte. Es cierto que, según la adscripción política, unos hablan más que otros, pero al final hay una serie de medidas con las que todos estamos de acuerdo. Por eso sorprende en los últimos días la noticia de que los autobuses van no solo llenos, sino con los pasajeros de pie. Y que esta práctica, lejos de estar erradicada, está amparada por la ley, tanto en los urbanos como en algunas circunstancias en las conexiones metropolitanas y en las interurbanas.
Es un sinsentido. El alza de los precios de la vivienda lleva ya décadas desplazando a una enorme población desde las principales ciudades gallegas hacia los concellos limítrofes. Para más inri, en los últimos años comprar un coche se ha vuelto imposible para buena parte de la población. Con el tren de cercanías siendo una utopía, y con las carreteras a reventar de vehículos con un único ocupante, el autobús ha sido capaz de ganar peso y debería estar llamado a ganar mucho más, con un mayor número de frecuencias y llegando hasta el centro de las ciudades. Es más barato que el coche particular, es accesible a todos los bolsillos, las carreteras se descongestionan, permite que el viajero haga otra cosa (leer, estudiar...) y, por elevación, contribuye a reducir las emisiones contaminantes.
Pero ahora resulta que una parte de esos pasajeros que apuestan por el transporte público debe viajar de pie. Es cierto que son trayectos cortos, que los riesgos son bastante limitados y que los que tienen que tomar medidas se escudan en que la ley lo permite.
Que la ley lo permita no significa que resulte aceptable. El hacinamiento de los pasajeros es una forma de desincentivar el uso del transporte colectivo y eso juega en contra de facilitar la movilidad de decenas de miles de ciudadanos y de la tan traída sostenibilidad.
Ahora resulta que, en lugar de mejorar los servicios, los pasajeros deben apretujarse. No se pueden hacer llamamientos al uso del transporte colectivo si después no se pone a disposición de los ciudadanos una oferta atractiva. Es indispensable una apuesta ambiciosa, con líneas y frecuencias suficientes, aunque tenga al principio un gran coste económico. La única forma de convencer al ciudadano es demostrarle que el transporte público es tan cómodo como su coche y que le permite llegar a destino cuando tiene que llegar. Mientras no sea así, las sostenibilidad será una palabra vacía.