Asusta la primera vez que se vuelve consciente un gesto instintivo: los dedos crispados. Una rigidez involuntaria que se va acrecentando al mismo ritmo que se suceden los reels, los posts, los análisis de 140 caracteres. Y también los titulares sensacionalistas, los cebos televisivos, las tertulias sin argumentos.
Rigidez en los miembros, mandíbula apretada, calor en las mejillas. Y la ira. La ira surgiendo de la boca del estómago e impregnándolo todo. Alimentada a diario, desde múltiples canales, a través de diferentes voces, la sed de venganza, el ataque furibundo y la ceguera dialéctica se han vuelto cotidianas en este mundo que hace mucho que perdió el norte y más tiempo aún que destruyó el sur. Y las consecuencias ya son irremediables.
Abrir las redes sociales se ha convertido en un acto arriesgado. En un deporte extremo. En una batalla constante contra la manipulación y en el esfuerzo agotador que supone sostener el pensamiento crítico, apartando bulos a manotazos. Se están cruzando todas las líneas y aun así, hay quien decide seguir alimentando a la bestia. . El odio dispara el engagement. Por eso hay quien decide seguir llamando a la guerra santa en vez de apelar a las conversaciones de paz. Y esparce, una vez más, mensajes de odio y deshumanización, amenaza en vez de apaciguar y contribuye, conscientemente, a su propio sufrimiento. Porque la polarización mata, pero da beneficios.