Lambán, el valor de la coherencia

Abel Veiga AL DÍA

OPINIÓN

Javier Cebollada | EFE

20 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Honestidad. Concepto voluble en estos tiempos de mediocridad y silencios impostados. Concepto indiscutible pero ignoto en este solar patrio. Concepto, sin embargo, sublime, pétreo, único. Pocos políticos atesoran o han atesorado honestidad, convicción y valentía. En resumen, dignidad. Ejemplaridad. Javier Lambán ha sido un político honesto. Un servidor de lo público. Un gestor.

Su aparición hace apenas un mes en el Palacio de Pignatelli —con un sabor a despedida y cierta conmoción al ver su fragilísimo estado de salud, con apenas fuerzas pero con un coraje y un pundonor extraordinario—, fue un testimonio de la política, lo mejor de la política por encima de partidismos, y a la vez de agradecimiento al político que reunió y concitó el reconocimiento y aplauso de todos.

«Lo último que me quede de piel» fue una frase que condensa la pasión y pulsión por su tierra, Aragón. Quiso estar presente junto al presidente Azcón en el descubrimiento y presentación de su cuadro. Hombre de consensos y de diálogo dijo siempre lo que pensaba en voz alta. Costase lo que costase. Ad intra y ad extra. Socialista hasta la médula no significaba rechazo a su ideología, a unas siglas, sino a la deriva que Ferraz, a su juicio, había adoptado. Eso es lealtad a unas ideas. A un concepto de España y de la política en grande. No calló, batalló, discrepó y defendió su modo de sentir la política y las siglas de un Partido Socialista que, en cierto modo, le dejó de lado.

Historiador, doctor académico, sabía muy bien lo que decía y sentía. Medía el significante de cada palabra. Entre sus preocupaciones últimas, la conmemoración de los cien años de 1936. Conociendo como conocía a los españoles, será un motivo de contienda verbal y visceralidad absurda. Así somos y éramos también para Lambán, hombre no muy distante del pensamiento de Azaña. Pero este país desmadejado y de frágil memoria tiraniza el pasado y falsea el futuro como pocos.

Al expresidente aragonés le dolía España, sí, le dolía, le dolían estos últimos años y los pactos con el independentismo. Cierta desidia y frivolidad. Una España que siempre busca una vertebración que algunos cuestionarán por siempre. Algunos se regocijaban por ser, junto con el presidente de Castilla-La Mancha, una voz crítica con el presidente Sánchez. Pero su coherencia y dignidad no harían nunca que quebrase su pasión por el socialismo, pero sí criticar y no votar la amnistía. Y asumir una multa o sanción por el partido. Tiempos convulsos y grises, donde alertaba su miedo y extrañeza ante la perpleja posición de la formación socialista.

Con Lambán desaparece un modo de ser político, discreto, sensato, cercano, ejemplar, coherente y al servicio de los ciudadanos. Y de su tierra, de la que glosaba colmar su felicidad y la anhelaba para sus nietos hasta el último poro o lo que le quedase de piel, como aseveró, emocionado, hace apenas un mes.

Encarnó el valor de la coherencia, la prudencia y la pasión por España y unas siglas no excluyentes, pero con límites en sus pactos frente a los que reniegan o pretenden destruir la misma.

Gracias, presidente.