Perséfone: cultivando la razón y el corazón
OPINIÓN
Cada primavera Perséfone regresa al Olimpo de los dioses y con ella la recolección de los frutos y las flores. Esta diosa griega vuelve anualmente desde el inframundo, gobernado por Hades, en donde permanecía secuestrada para velar por el resurgir de la naturaleza tras el invierno. La leyenda relata que, tras su rapto, el mundo quedó sin frutos y sin flores. Fue el sagaz Hermes quien logró, tras pactar con Hades, que cada año Perséfone regresara a la tierra haciendo florecer la cosecha y propiciando la recolección. Cuentan que las mujeres y los hombres trabajaban intensamente, sementando y arando la tierra, para recibirla en primavera y despedirla nuevamente en otoño, celebrando, así, el eterno ciclo del sembrado y la colecta.
La historia de Perséfone es la antesala simbólica a uno de los grandes temas de la humanidad: la metáfora de la siembra y la cosecha. Textos bíblicos como la Parábola del trigo y la cizaña ya la recogían. Miguel de Unamuno, comparaba la creación literaria con el sembrado: requiere trabajo, esfuerzo y paciencia para que germine la idea y nazca la obra. Cuidar y cultivar, esto mismo sucede en el proceso educativo: hemos de cuidar el corazón y cultivar la razón para hacer florecer el conocimiento. En el camino de aprender se necesita, sobre todo, proteger los afectos y educar los talentos. Al igual que en el ciclo de Perséfone, el conocimiento es el fruto que recogemos tras haber sembrado experiencias, reflexiones, formación teórica y técnica y haber cuidado nuestro espíritu. Hoy más que nunca la educación desde el corazón es determinante para forjar el carácter necesario que nos permita enfrentar un mundo sometido a un torrente de cambios inimaginables y nos ayude a evitar conductas narcisistas y violentas que solo nos impiden convivir en paz y fraternidad.
La universidad no es una institución paradigmática, diseñada para todos los tiempos y lugares, es heterodoxa, su gran misión es ofrecer respuestas a los desafíos que plantea cada época y contexto. Tanto la escuela como la universidad son decisivas a la hora de impulsar un conocimiento integral que sume ambos aspectos cognitivo y afectivo, multiplicando, entonces, los efectos positivos de la bondad y la convivencia en paz. Así es que las instituciones de educación superior —sean estas de naturaleza pública o privada— son mucho más que expendedoras de títulos, por eso mismo se hace necesaria una universidad de servicio público —que no debe asociarse con gubernamental— inclusiva, alejada de la masificación, apegada a las personas, centrada en los sujetos que aprenden.
No debemos diseñar un tablero de blancas o negras, de públicas o privadas, proyectemos un sistema de educación holístico de calidad, colaborativo, flexible, de servicio a toda la sociedad con el foco puesto en los estudiantes y en la única y apasionante misión de educar. Nuestro trabajo prioritario como profesores universitarios es enseñar a los estudiantes que tenemos. No los que nos gustaría tener. No los que solíamos tener.
El mejor aprendizaje es el que nace de un entramado educativo bien sembrado, sano y de tierra fértil, en el que todas sus instituciones, en armonía, centren sus esfuerzos en una enseñanza plena orientada a forjar profesionales sobresalientes y excelentes personas. La crisis de nuestro tiempo está caracterizada por la abundancia de la tecnología y la escasez de humanidad. Por supuesto que se ha de formar en el aprendizaje de los aspectos científicos o técnicos de las diferentes especialidades, pero el gran trabajo, la carrera de fondo es, sobre todo, afectiva, nace de ese aprendizaje del corazón que siempre defenderé. Mi gran guía desde siempre, Bertrand Russell, en alusión al «corazón» entendido este como la suma total de los impulsos amables, decía: «Donde estos existen, la ciencia les ayuda a ser efectivos; donde están ausentes, la ciencia solo hace a los seres humanos más inteligentemente diabólicos».
Creo firmemente que la universidad es la casa del futuro, el jardín en el que se labra el porvenir y el destino de las presentes generaciones y de las que vendrán. La institución universitaria, por encima de su carácter, tiene la responsabilidad de adaptarse a su tiempo para modular el futuro y ayudar a construir generaciones capaces de mejorar el mundo y la humanidad, pero para ello debe cambiarse a si misma, entendiendo que la siembra se hace en compañía y la competencia genuina es aquella que se perpetra sobre uno mismo y no sobre los demás. Evocando a Perséfone en su eterno ciclo de sembrado y cosecha, traigo a la memoria a James Allen, filósofo inglés proveniente de una familia obrera en el siglo XIX y pionero en la psicología del movimiento de autoayuda, que decía que «la ley de la cosecha es cosechar más de lo que siembras». Sembremos conocimientos, recojamos bienestares.