Ser positivo no es «cool»
OPINIÓN
En los últimos 20 años, la proporción de la población mundial que vive en condiciones de pobreza extrema: (A) Casi se ha duplicado»; (B) Se ha mantenido más o menos estable; (C) Casi se ha reducido a la mitad. Esta es una de las preguntas que Hans Rosling plantea en su libro Factfulness, un cuestionario provocador sobre el estado actual del mundo —pobreza, salud, educación, medio ambiente— con respuestas múltiples. Por cierto, la opción correcta es la (C), y resulta sorprendente que solo el 7 % de los encuestados en 14 países respondiera correctamente (¡solo el 3 % en España!). En las demás preguntas recogidas en el libro la mayoría de los encuestados también elige las opciones más pesimistas, incluso entre personas con formación académica. Lo inquietante es que en la mayor parte de los casos aciertan menos que si hubieran respondido al azar.
Este fenómeno no es simple ignorancia. Refleja una tendencia humana profunda: anticipar lo peor como estrategia de supervivencia. Durante milenios, identificar peligros incluso donde no los había supuso una ventaja evolutiva. Así nació lo que se conoce como sesgo de negatividad, un patrón mental que tiende a sobreponderar lo negativo frente a lo positivo, aunque los datos digan lo contrario.
Lo cierto es que la evolución a nivel mundial está siendo espectacular en prácticamente todos los aspectos. Aunque persistan desigualdades e injusticias, los avances en salud, educación, sostenibilidad y calidad de vida son indiscutibles. La mortalidad infantil ha caído drásticamente (de 43 a 29 por mil nacimientos), la esperanza de vida ha aumentado de 69,5 a 73,5 años, y el acceso a la educación ha mejorado del 89 % al 92 %. El porcentaje de la población en pobreza extrema se ha reducido del casi el 30 % a poco más del 9 %, el mundo es más igualitario (el índice de Gini se redujo del 0,71 al 0,65) y las energías renovables crecen con fuerza en el camino hacia un modelo más sostenible (el porcentaje de producción de energía eléctrica a partir de combustibles fósiles se ha reducido del 40 % a menos del 29 % en Europa o del 85 % al 53 % en China). ¡Y todo esto en tan solo 15 años!
Por supuesto, no todo está resuelto. La devastadora situación en Gaza, la agresión rusa en Ucrania, los conflictos sociales, la distribución de riqueza entre países, la contaminación y la crisis climática son desafíos urgentes. A ello se suman problemas como la escasez de agua, la pérdida de biodiversidad o la necesidad de una economía circular que reduzca el desperdicio y fomente la reutilización de recursos. Por eso es esencial fomentar una crítica informada y constructiva, como pilar de toda democracia saludable. Señalar errores, exigir mejoras, identificar fallos. Todo eso impulsa el progreso. Pero criticar no significa negar los logros ni centrarse solo en lo negativo. Reconocer los avances no implica ignorar los problemas; es mostrar que el cambio es posible. El progreso visible motiva y refuerza el hecho de que las decisiones acertadas, la presión ciudadana y la inversión sostenida dan resultados. Negarlo alimenta el cinismo y la resignación.
Buena parte de esta visión oscura del presente tiene relación con el ecosistema informativo. Los medios y, sobre todo, las redes sociales, amplifican lo negativo. Lo que provoca miedo, ira o indignación se comparte más y genera más clics y beneficios. Las buenas noticias, las que hablan de avances graduales o soluciones eficaces, apenas tienen espacio. Parecen menos urgentes, menos relevantes, menos rentables. Este desequilibrio moldea nuestra percepción y nos hace creer que todo empeora. Este relato del colapso constante nos roba algo vital: la esperanza de transformación.
Steven Pinker, psicólogo, escritor y profesor en Harvard, lo resumió de este modo en su intervención en el World Economic Forum del 2025: «El progreso no es una ilusión ni una narrativa. Es un hecho comprobable mediante los datos». Ignorarlo no solo es un error; es una forma de sabotaje emocional y político. Porque si no creemos que las cosas pueden mejorar, o que ya están mejorando, difícilmente lucharemos por seguir avanzando. Hoy más que nunca, el optimismo no es ingenuidad. Es un acto de compromiso con la realidad y con el futuro.