Las consecuencias de regalar las notas

Francisco J. Tapiador CATEDRÁTICO DE FÍSICA DE LA TIERRA EN LA UNIVERSIDAD DE CASTILLA-LA MANCHA

OPINIÓN

María Pedreda

04 jun 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

La mayoría de las universidades se han dejado arrastrar por una dinámica perversa: la de aprobar a todo el mundo, lo merezca o no. No es culpa suya. Es la consecuencia mecánica de que tengamos una estructura que penaliza suspender al que no estudia. Contra toda lógica, los grados universitarios demasiado selectivos obtienen malas puntuaciones en las certificaciones oficiales de calidad y se arriesgan a desaparecer por falta de demanda. Hay todo un sistema de indicadores, el de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación, la Aneca, que valora positivamente el que todos los estudiantes vayan a curso por año. Si tu grado no los satisface, eres tú el que lo hace mal. Cuando descubrí esto, nada más entrar como decano de mi facultad, pensé que lo había entendido mal, pero no. Resulta que es así.

Hay profesores que querrían ser selectivos y motivar a sus estudiantes, pero no pueden. Tienen que ponerlo fácil porque, además de que si no lo haces te señalan, es sabido que el profesor que regala la nota obtiene buenos resultados en las evaluaciones de los estudiantes, una encuesta anónima que en algún momento pasó a contar para las promociones y complementos salariales, como los quinquenios.

Si ya eres catedrático todo esto te da igual, pero no todo el mundo es catedrático. Además, hay otros profesores a los que resulta que les parece bien que todo el que se matricule en un grado acabe con un título, independientemente de lo que haga. Es un reflejo de la lógica que se ha instalado en las etapas preuniversitarias, la impuesta por un sector del profesorado de secundaria que considera que la educación es un derecho y actúa como ascensor social (hasta aquí bien); que por tanto la obligación del docente es que todos obtengan un título (aquí ya diferimos); y que si el estudiante no está motivado, o no le da la gana trabajar, es culpa del profesor (por ahí ya no). Ni se les pasa por la cabeza que nada desmotiva más que saber que te aprobarán aunque no des palo al agua.

El problema de regalar la nota en la universidad no es solo que sea injusto con los mejores estudiantes, con los que se esfuerzan y trabajan, sino que mina la base económica de un país moderno como España. La competitividad de nuestra economía se basa en tener una mano de obra muy cualificada. Ninguna empresa puntera se instala donde no puede garantizar un flujo constante de ingenieros y técnicos. Pero, además de tener muchos donde elegir, tienen que ser buenos. Tienen que estar bien formados, y tiene que ser gente que haya demostrado que es capaz de resolver problemas que nunca haya visto antes, porque ese es el día a día de las empresas que innovan, las competitivas: responder gracias a unos conocimientos sólidos a los desafíos que aparecen cuando se crea lo que nadie ha hecho antes.

Tener un título firmado por el rector es una condición necesaria para trabajar, pero no es suficiente si ese título se puede conseguir sin esforzarse y sin acreditar que eres capaz de trabajar de una determinada manera: bajo presión, con incertidumbre y sin guía; además de que eres preciso, fiable, industrioso, atento al detalle e imaginativo. En contra de la percepción general, las empresas punteras pagan bien a ese perfil. El problema con el que se encuentran es que cada vez les cuesta más dar con esos trabajadores, porque en muchas universidades ya no se exige lo necesario para forjar ese modelo. Un título ha dejado de certificar esas virtudes y competencias.

¿Cuándo cambiará esto? ¿Cuándo dejaremos de poner el peligro nuestra competitividad? ¿Por dónde empezar? Habría que empezar por las encuestas. Se pueden seguir pasando para pulsar la opinión de los adolescentes, pero más por curiosidad y para que se sientan escuchados que por otra cosa. Nadie debería tomarse en serio un cuestionario rellenado de mala gana por personas en formación, chicos y chicas majísimos (al menos mis estudiantes), pero con la corteza prefrontal aún a medio cocer. Menos aún se deberían utilizar de manera punitiva sus prejuicios, opiniones y manías. (creo que en este punto debo aclarar que mis encuestas son excelentes; yo no sangro por esa herida). Otra cosa que se debería hacer es eliminar los indicadores que premian con más dinero o promociones a las facultades y profesores que no suspenden. A partir de ahí hay otras medidas que acometer, pero que me llevarían varias páginas detallar. Empecemos por lo más fácil, porque resolver esos dos disparates solo requiere dos párrafos en el BOE.