Cuando en la mañana de lunes de Pascua nos llegaba la noticia del fallecimiento del papa Francisco aún teníamos en la retina su última presencia pública desde la logia central de la basílica de San Pedro: con un notable y valeroso esfuerzo impartió la bendición Urbi et orbi, deseándonos a todos una Feliz Pascua. Y ya su voz cedió el paso al maestro de las ceremonias pontificias, que leyó el mensaje de Pascua.
Pero su voz, sus palabras y sus gestos permanecen en la memoria agradecida de la Iglesia, de los fieles y, me atrevo a decir, de la humanidad. Cada sucesor de Pedro imprime un sello personal en el ejercicio de su ministerio: el papa Francisco se hacía presente de modo sencillo y cotidiano en nuestras vidas, al modo como él mismo definía en su encíclica Gaudete et exultate: «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado» (nº 7).
No tuvo otro instrumento en sus manos que la frágil luz de la fe, aquella que «no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar», tal como él mismo decía en su primera encíclica, Lumen fidei (nº 57). Y así, sin enfrentar orillas, sino buscando los puertos en los que encontrarnos, se puso en sus hombros no más carga que el solo Evangelio y se hizo peregrino gozoso de «la alegría del Evangelio que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría». Estas palabras, tomadas de Evangelii gaudium (nº 1), describen el propósito de su misión como sucesor de Pedro, llevando la barca de la Iglesia — tal como la muestra el famoso mosaico de la navicella del Giotto en el atrio de la basílica romana de San Pedro— hacia una nueva etapa evangelizadora, hacia esas periferias geográficas y existenciales donde el pulso de la vida se sostiene con fragilidad, bajo amenazas de injusticia y olvido.
Convocó a la Iglesia a ser «hospital de campaña» de tantos heridos y heridas que precisan el ungüento de la comprensión, el perdón y la justicia. Y esto no es un ejercicio meramente político o un empeño de generosa solidaridad: es Evangelio en estado puro, sin miradas sometidas al cristal de las ideologías o de los prejuicios. Allí donde la vida busca abrirse paso, allí donde la dignidad pide ser respetada, allí donde la verdad ha de ser defendida, el papa Francisco acercó su palabra y su presencia.
En las orillas de la historia, el papa que vino de tierras tan lejanas mostró desde el corazón de Europa que el mundo, esa casa común que debemos amar y cuidar como don y tarea que Dios puso en nuestras manos, precisa ser abrazado en su rica diversidad, y que los hombres y mujeres de este tiempo, mosaico vivo de rostros, culturas y creencias, precisan aliento y apoyo para seguir teniendo razón y razones para esperar un horizonte de sentido y plenitud en sus vidas.
Como él mismo escribió, cuando aún era el cardenal Jorge Mario Bergoglio, con motivo de una de las congregaciones generales antes del cónclave del año 2013, sobre el futuro papa: «Un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo, ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales», que la ayude a ser «la madre fecunda que vive de la dulce y confortadora alegría de la evangelizar». Sin saberlo, dio la mejor valoración de lo que han sido después sus casi doce años como pastor de la Iglesia universal.