Y el ser humano al fingimiento. A casi todos nos gusta aparentar lo que en realidad no somos pero que nos gustaría ser. Siempre siguiendo, obviamente, las pautas y los criterios de la mayoría social que nos acoge y que contribuyó a nuestra socialización. La autoestima de cada uno está seriamente condicionada por lo que los demás interpretan y deducen de nuestro comportamiento o apariencia. Hay que tener mucha personalidad y arrojo para sustraerse a los dictámenes y convencionalismos sociales. Son muy escasas las personas que deciden no «seguir la corriente» y, aun asumiendo la casi generalidad de los valores y pautas sociales, «marcar territorio», cuestionando o no participando en algunas o muchas de las fanfarrias sociales que generan ese sentimiento, tan bien valorado en nuestras comunidades, de pertenencia al grupo (a la mayoría).
Divago sobre estas reflexiones al ver por televisión a un famosísimo cantante salir del hospital con un diagnóstico gravísimo sobre su salud, pero luciendo una perfecta sonrisa de oreja o oreja y ataviado con un sombrero tipo panamá. ¡Vamos!, que parece que le hubiera tocado la lotería. Incluso, en las gacetillas, se comenta que ordenó al chófer dar la vuelta completa al centro sanitario para así poder saludar a los periodistas allí apostados. Es el signo de los tiempos: hay que ocultar la enfermedad y la desdicha. Todos lucimos gesto agradable, indumentaria adecuada, maquillaje reluciente, cuando buscamos la aprobación de la concurrencia.
Y funciona. La pena, la calamidad, el infortunio no son buenos acompañantes para la presencia en público, para la apariencia social. Pero existen y forman parte de la vida. De nuestra vida. De la de todos, en mayor o menor medida. Por eso sería bueno y conveniente aprender a convivir con la adversidad porque en algún momento de nuestra existencia irremisiblemente va a aparecer. Pero, desde nuestra más tierna infancia, nos educan para ser aceptados, amados y reconocidos; percibimos como los «buenos comportamientos» siempre son merecedores de afecto y recompensa. Y así vamos modelando nuestra imagen y nuestra conducta, construyendo una apariencia que nosotros interpretemos que merece la aprobación general o del colectivo en el que nos integramos. ¡Claro que funciona! Y más en esta época de usanza desaforada de las redes sociales. Pocos, muy pocos, esquivan esas tecnologías, y son multitud los que difunden y disfrutan con su aparente «perfil», que en la mayoría de las ocasiones poco tiene que ver con su personalidad, ya de por sí manipulada y adaptada a la realidad en donde se vive. Se llama el complejo de Eróstrato, el summun en el arte de aparentar, de pregonar a los cuatro vientos una identidad digital, de relumbrón, impecable, pero… ficticia.
Sin embargo, por mucho que disimulemos, la desventura existe, es inexorable, y tarde o temprano vamos a tener que hacerle frente, sorteándola o soportándola. Incluso existe una cierta justicia cósmica que nos advierte del error de creer que la abundancia, el prestigio o la comodidad conllevan siempre la sonrisa y la felicidad. Fijémonos en el alborozo de los niños desarrapados de los arrabales, o en la melancolía y depresión de algunas gentes poseedoras de todo.
Nada es exactamente como parece, pero, la «presión social» nos encamina a buscar el aplauso o, cuando menos, la aprobación de nuestros congéneres. Cuestión distinta es si ese «rol» al que la sociedad nos empuja satisface nuestras expectativas y merece la aventura de la vida. Con frecuencia, cuando la vejez nos acoge y uno se atreve a hacer balance de su existencia, comprueba, entre desconcertado y sorprendido, la cantidad de tiempo perdido en la persecución de metas ilusorias o la energía desperdiciada en la conquista de ambiciones intrascendentes. También, es verdad, que el tiempo hay que «entretenerlo», y que nada, repito, nada, merece realmente la pena. La discreción y el estoicismo deberían ser nuestras pautas vitales, pero entonces, quizá, la vida carecería del hechizo que tanto nos emboba y esclaviza.
En el mundo actual, y, sobre todo, en los países acomodados y con historia, la adversidad se tolera mal. Es verdad que hemos progresado mucho en su erradicación o, al menos, en procurar evitar su enraizamiento en nuestra forma de vida; pero nos hemos esforzado más todavía en su ocultamiento, en simular en todo momento y a todas horas la apariencia de dicha o bonanza. Los muertos se ocultan en los tanatorios, los viejos en los geriátricos, los enfermos en los hospitales, las guerras se batallan lejos de nuestras fronteras y hasta cuando la naturaleza, ajena a nuestra memez, se encabrita y vomita daño y muerte buscamos culpables en los gobernantes de turno. Todo lo queremos tener controlado y fingimos ser los amos del universo.
Hemos compartimentado la vida para que solo resalte lo positivo. Pero las tribulaciones ahí están y, por mucho que simulemos, no van a desaparecer. Los cristianos hablaban, y no sin razón, del «valle de lágrimas» por el que transitamos. Sin embargo, todos, como el cantante citado, aparentamos dicha, sonreímos al «tendido» y procuramos dar «la vuelta al ruedo». La penitencia siempre va por dentro.