Entre órdagos y desafíos

Abel Veiga LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

JJ Guillén EFE

03 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Se consuma la aprobación de la ley de la amnistía. La misma que tantas veces fue negada por quién hoy la facilita en medio de un mar de incertidumbre y dudas sobre su legalidad, así como la seguridad jurídica. Se han podido, sin disimulo ni escrúpulo, retorcer interpretaciones jurídicas y argumentaciones políticas. Y todo ha salido adelante. Algún día quizá algunos apelen también a la responsabilidad del estado legislador, aunque no menos de gobiernos y partidos.

Consumada la amnistía y sin terminar de perfilar con claridad el alcance milimétrico de la misma, blasonan eufóricos su triunfo los soberanistas. ¿Qué han ganado? A corto plazo, mucho; a largo, ser conscientes de la impunidad con la que actúan, aunque algunos de aquellos líderes estuvieran en la cárcel un tiempo, otros no, fugados con o sin conocimiento o consentimiento tácito de otros. El procés no ha muerto. Entra en una nueva fase entre el esperpento y la carcajada estruendosa de los amnistiados.

La extrema debilidad y absoluta soledad del Partido Socialista es aprovechada al máximo por quiénes siempre están dispuestos a prestar onerosamente su voto y endilgar facturas políticas de todo tipo. España ha vivido dos momentos sumamente tensos a lo largo de su democracia. El golpe del 23-F, del que siempre quedarán ocultas ciertas incógnitas e implicaciones, directas o indirectas, y lo sucedido aquel 3 de octubre del 2017. Punto final a las consecuencias inmediatas. Interesa aquella imagen de un retornado en loor de multitudes. En esto, la coreografía independentista siempre ha sabido hacerlo infinitamente mejor. Entramos, por el contrario, en un tiempo de múltiples incertezas y el tobogán político se acelera entre una polarización extrema y un procaz insulto que amenaza con ir a más, con una absoluta degradación de partidos, líderes y, sobre todo, un diálogo de sordos. Es el todo o nada y el conmigo o contra mí, que acabará haciendo un daño descomunal.

Se acabaron las ideas, también las ocurrencias. Da la sensación de una tomadura de pelo significada y teñida de mentira, arrogancia y precipitación irresponsable. No se piensa en el futuro. Tampoco aquel Estatut salió limpio como una patena, como aquél socialista que presidía la comisión constitucional del Congreso autorizaba. Patas negras montesquieunanas del pasado suresnista.

Nos hablarán de fatigas, de encajes, de nuevos marcos, etapa distinta, federalismo, referendos e independencia por un nacionalismo que, si se une, gobierna en Cataluña. Y es en los momentos del todo o nada cuando más se juega al embiste y a la trampa.