El chaqué

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

Ed

26 may 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Dejé el asunto del chaqué en manos de mis siempre eficaces tíos José Ángel y María Antonia, que me encontraron uno de alquiler en una sastrería de A Coruña. Su último dueño tenía, al parecer, un brazo más corto que el otro, así que el sastre pidió unos días para ajustarlo. El chaqué es una prenda tan solemne que parece que tiene vida propia. En un chaqué alquilado uno se siente extraño, a veces como un impostor y a veces como poseído por el espíritu de quienes le han precedido dentro de sus costuras. Camino de Madrid, en el tren, viéndolo metido en su funda, incluso tenía la sensación culpable de estar trasladando el cuerpo de un delito, pero cuando me lo puse a la mañana siguiente me sentí imbuido de una extraña confianza aristocrática. El taxista se entusiasmó al verme: «¡No me diga nada! ¡Ya sé adónde vamos!». Y se dirigió al parque del Oeste, donde los empleados de la Zarzuela procesaban a los invitados a la boda real, hizo esta semana veinte años de aquello.

Durante la misa de la Almudena rugía una tormenta wagneriana y al salir todavía jarreaba. Rezagado de los otros invitados, me tocó atravesar solo, bajo la lluvia, el encharcado patio de armas, seguido por la mirada de la multitud que se acumulaba a los lados de la plaza. Recibí el aplauso más sonoro e inmerecido de mi vida. «¿Quién es usted? ¿Es usted famoso?», me gritaban unas chicas latinas. Sentí tener que decepcionarlas. «¡No se moje los pies!», me gritó una amable señora.

En Palacio, mis compañeros de mesa resultaron ser antiguos compañeros de promoción del entonces príncipe, además de un diplomático que, fiel a su profesión, rompió el hielo proponiendo que cada uno relatásemos una anécdota de los contrayentes. Al llegar mi turno conté que había coincidido con la novia durante los combates en Cisjordania, cuando nos habíamos saltado el toque de queda en Belén y volaban los tiros por toda la ciudad. Mientras lo contaba, me iba dando cuenta de que aquella historia de angustia y peligro no era la adecuada para la feliz ocasión. Se hizo un breve silencio y la conversación se reinició en otro punto, hasta que la comida concluyó con un reparto equitativo de puros. Me fui a dar una vuelta para curiosear y me perdí por el palacio. Me topé con una militar, creo que una teniente de la Guardia Real, que en vez de reñirme se ofreció amablemente a enseñarme el despacho de Alfonso XIII. Entonces la llamaron por su comunicador y me dejó allí solo. Afuera se escuchaba el jaleo de los brindis. Me recosté en un sillón y me puse a contemplar aquel lugar poblado de espectros. Enfundado en la ropa de otro, fumando un puro, yo que nunca fumo, ligeramente aturdido por el vino, me quedé dormido. Ojalá pudiese recordar lo que soñé.

Era ya tarde cuando regresé a casa de mi hermana, donde estaba alojado en Madrid. Me desprendí del chaqué con la misma sensación de alivio con la que un obrero se quita el mono azul. Extendido cuidadosamente sobre una silla en la penumbra, el chaqué parecía una persona, la encarnación de todos sus propietarios sucesivos. Me costaba dormir y pensé que, si aquello hubiese sido un cuento de misterio, el chaqué se hubiese puesto a hablar conmigo. Incluso en silencio, me producía la sensación inquietante de que era él, y no yo, quien había ido a la boda real, utilizándome a mí simplemente como un vehículo, como quizás había hecho con todos sus anteriores dueños para darse la gran vida, yendo de boda en boda, de fiesta en siesta, de una ocasión solemne a otra, testigo mudo de tantas cosas.