Estos días viene su rostro a mi memoria. El rostro que guardo entre ensoñaciones de la infancia. Entonces, en el colegio salesiano donde me eduqué, leíamos con fruición el Nuevo Testamento. Barrabás salía de los relatos evangelistas como un individuo feroz. Yo lo imaginaba con barbas, cara malhumorada constantemente, mirada torva, manos velludas y faz de vinagre. Lo sigo imaginando del mismo modo. Barrabás era el bandido liberado mientras Jesús quedaba preso en una ergástula infecta. De allí a la cruz. Poncio Pilato, después de que algunos pidiesen la libertad de Barrabás, se lavó las manos. Y la historia siguió su curso. Una historia que nunca sabremos si fue del todo cierta o si fue un embuste. En todo caso, yo ignoro por qué me viene Barrabás al caletre. Será cosa de los tiempos políticos, que van de amnistía, esa palabra proscrita para Sánchez. Seguro que él, alumno del desaparecido colegio privado religioso Santa Cristina (y muy elitista), ha leído los evangelios (Sánchez siempre habla de su instituto, el Ramiro de Maeztu, pero nunca del Santa Cristina. ¿Por qué?). Cada evangelista tenía su propia evocación de Barrabás. Mateo lo considera «un preso famoso». Juan afirma que era un «bandolero». Lucas escribe: «Había sido arrojado a la prisión por cierta sedición ocurrida en la ciudad». Y Marcos: «Estaba encadenado con los sediciosos». La sedición ya no existe como delito en España. Si Barrabás despertase en el futuro y cometiese el delito que había cometido, no sería juzgado. A Barrabás lo indultaron. Y Pilatos, reitero, se lavó las manos.
He llegado a la mitad de la columna y todavía ignoro por qué Barrabás se revuelve en mis ensueños. Quizá se vislumbre algún motivo. Pero ¿qué tendrá que ver Puigdemont con Barrabás? Nada. A uno lo indultaron y al otro ni siquiera lo van a juzgar porque, dice nuestro presidente, es el momento de la política y la generosidad. Lo dice como es él, humilde y prudente. Quizá por ello evita pronunciar la palabra «amnistía», porque eso es peor que soltar a Barrabás. La amnistía que negocian con el independentismo significa que la Justicia española no es Justicia, que los jueces se equivocaron con las sentencias del 1 de octubre de 2017, que España hace seis años no era una democracia ni se le parecía, y significa, finalmente, que no somos iguales ante la ley. La igualdad, uno de los preceptos de los países libres y desarrollados, se difumina en España como un azucarillo en la mar. La mar de la altura moral y la dignidad. De la mayoría social de progreso. Del Gobierno de progreso. Del progresismo en su versión más decorosa y meritoria. Me acuerdo del gran país que hemos sido y todavía somos. Por eso, como un zagal, no he perdido la esperanza. El recuerdo de Barrabás no podrá durar toda una vida.