En el torrente de vídeos grabados durante la noche electoral más entretenida de la década hay uno de la periodista francesa Elize Gazengel en el que la mujer trata de transmitir una crónica en directo desde la calle Génova mientras un hombre joven la persigue, la interrumpe y le arroja a la cara como si fuera un estribillo machacón «que te vote Txapote, que te vote Txapote». La conexión se convierte en un hipnótico baile en el que la reportera intenta alejarse del fulano para poder hablar mientras el fulano la persigue con ese sortilegio cargante al que parece concederle algún tipo de poder capaz de convertir a la periodista en calabaza, o a la calle Génova en la plaza de Oriente o a España en Marte, porque es difícil descifrar la lógica del acoso. La escena tuvo lugar antes de que la plaza empezase a cantar Ayuso, Ayuso cuando Feijoo se asomó al balcón, pero al repasarlo después de haber votado se convierte en una metáfora de la campaña y del inexplicable empeño del PP por dar alas a una inquisición verbal alumbrada hace meses por un anónimo seguidor de Vox y que botó y rebotó hasta despintar la capa de moderación con la que Feijoo se presentó en Madrid. Esa reportera que trata de hacer su trabajo en paz frente a un individuo que la hostiga con una expresión censurada con dureza hasta por la hermana de una de las víctimas mortales de Txapote podrían ser todos esos ciudadanos normales que detectaban la desagradable y peligrosa sustancia que se escondía en la frase y en el ademán autosuficiente y macarra con el que se ha pronunciado. Elize Gazengel fue incapaz de hacer su trabajo. Justo lo que quisieron evitar los españoles que desactivaron la mayoría absoluta con Vox.