Como estamos en jornada de reflexión y nos toca concluir, una de las cuestiones que podemos sacar en limpio después de ver las entrevistas, los mítines y los debates en televisión durante la campaña es que, en general, los políticos tienden a tratarnos como idiotas. Y la gente no es tonta. La gente sabe si le han subido la pensión o no, por mucho que ellos debatan hasta moderse la yugular; y la gente sabe si le mienten. La gente sabe si vive en un país razonablemente tranquilo o si tiene la tensión por las nubes. La gente sabe si cuando va a comprar al supermercado, los precios están desorbitados y si llega a fin de mes cuando le toca pagar el alquiler o la hipoteca; la gente sabe si tiene sus derechos pisoteados o si tiene que protegerlos para que no se los toquen; la gente sabe si le atienden mejor en la sanidad pública o tiene que recurrir a la privada; y la gente sabe si lo que le han contado estos días es pura propaganda o no. Pero la gente también sabe si es progresista o conservadora, e incluso sabe que, aunque le mienta su candidato, prefiere votarlo, porque no comulga con el contrario. O porque tiene miedo. Por eso, como ahora está el ambiente muy polarizado, mañana prácticamente la mitad de la población pensará que la otra parte no entiende o no sabe o se ha dejado convencer. Pero no es así. La gente sabe perfectamente lo que hace y lo que quiere. Esa es la fortuna de votar. Así que el futuro presidente tendrá mucho que achantar.