El fin de semana sacudió con dos noticias que sabotearon el ruido electoral. La primera, el triunfo en Wimbledon de Alcaraz, el nuevo cachorro de campeón llamado a entusiasmarnos con sus victorias, digno sucesor de un Nadal, que ya puede jubilarse tranquilo. Los tenistas tienen un cierto halo aristocrático; verán muy pocos tatuados, escupiendo al adversario o desaliñados. En algún sitio leí que los deportes que se juegan con un palo en la mano —tenis, golf, criquet, fustas— son símbolos de antiguos cetros del poder. Alcaraz tiene poco de aristócrata, pero es un murciano de realeza que guarda las formas de educación, pundonor, deportividad y templanza que requiere ser un campeón de tenis y más en la hierba inglesa.
La mala noticia fue el fallecimiento de Jane Birkin, uno de los iconos del erotismo de los 60, y prototipo de gabacha de sexualidad liberada de aquellos años en los que el sexo todavía tenía algo de sublime; feminista de primera ola, activista de causas perdidas y ligera como una pluma de Yves Saint Laurent. Mantuvo una relación tormentosa con el malote de Serge Gainsbourg, que la supo encandilar con sus canalladas como hizo con otro de los iconos sensuales de aquellos años, Brigitte Bardot. Los feos malotes suelen ser depredadores de muchachas frágiles y sensuales que caen rendidas al encanto de intentar rescatarlos de sus demonios. A la Birkin, como es habitual, el malote la dejó tirada al acabar canción y tardó décadas en reponerse. Invadido por la nostalgia y en compañía de un amigo de la quinta del buitre, escuchamos el himno al erotismo, recordando sueños onanistas, bailes «agarraos» a muchachas envaradas y maldiciones gitanas contra el malote de Gainsbourg que nos robó nuestra fantasía.
Moito cambiou o conto