Aviones para Ucrania

José Enrique de Ayala ANALISTA DE LA FUNDACIÓN ALTERNATIVAS

OPINIÓN

MABEL RODRÍGUEZ

Parece que la tan esperada contraofensiva ucraniana para tratar de recuperar los territorios ocupados por Rusia podría lanzarse finalmente este mes, después de que Ucrania consiga terminar de reunir los equipos, armas y municiones que necesita para romper las posiciones rusas, que han sido fortificadas y preparadas defensivamente desde hace meses para resistir el anunciado ataque.

La preparación de la contraofensiva comenzó en enero, cuando los miembros de la OTAN decidieron suministrar a Ucrania carros de combate de última generación, cuya entrega y puesta en servicio ha requerido varios meses, como era de esperar, y aún no ha terminado, a falta de los Abrams estadounidenses, y tal vez de algunos más, no tan sofisticados, procedentes de otros países.

Kiev ha recibido ya unos 230 tanques occidentales, aunque menos de cien serían de última generación, y cerca de 1.500 vehículos acorazados de infantería, que, unidos a los que ya tenía y a otros equipos de acompañamiento —vehículos acorazados de zapadores, artillería autopropulsada convencional y antiaérea—, podrían permitir lanzar una ofensiva importante, aunque es más que dudoso que sean suficientes para recuperar todo el territorio ocupado, a no ser que se produjera un derrumbe estrepitoso del ejército ruso.

Solo faltan los aviones de combate. Una ofensiva tiene bastantes menos posibilidades de éxito sin una superioridad aérea local, para evitar que los medios acorazados sean blanco fácil de la aviación enemiga. Ante la insistencia de Kiev, y venciendo las reticencias iniciales a una escalada, el presidente Biden aprobó el 22 de mayo el adiestramiento de pilotos ucranianos en el cazabombardero estadounidense F-16, y dio la luz verde imprescindible para que los aliados (otros 8 países de la OTAN tienen este avión en servicio, aunque en diferentes versiones) puedan suministrarlo a Ucrania.

No obstante, esta decisión no va a tener un efecto inmediato. El entrenamiento de los pilotos —no solo de vuelo, sino de combate— llevará meses, y más aún el de los necesarios equipos de mantenimiento en tierra, que podría alargarse más de un año. Esto significa que, a no ser que se retrase mucho, la contraofensiva ucraniana tendrá que ser llevada a cabo sin aviones occidentales, aunque esta carencia podría ser paliada por la dificultad de los aviones de combate rusos para el ataque a tierra, dada la eficacia de los medios antiaéreos ucranianos; una vulnerabilidad que ha impedido a la aviación rusa tener una actuación decisiva en esta guerra.

Pero si hablamos de superioridad aérea, la cuestión cambia. El F-16 es un avión que ha sido mejorado mucho desde sus inicios hace más de treinta años, hasta el punto de que ahora puede ser considerado de cuarta generación, pero en combate aire-aire con los rusos MiG-35 o Su-35, y sobre todo con el Su-57, de quinta generación, lleva las de perder. Incluso cuando Ucrania tenga operativos los F-16, ni sus capacidades ni su previsible número permitirán que sean decisivos para cambiar el curso de la guerra.

El verdadero valor de esta decisión es el mensaje que se manda a Rusia de que los apoyos occidentales a Ucrania no van a decaer, que seguirán suministrando a Kiev todo lo que necesite durante todo el tiempo que sea necesario. Este mensaje intenta decantar la batalla psicológica que se está dando en la retaguardia de la guerra para ver quién aguanta más, si la capacidad industrial-militar de Rusia o la determinación de los que apoyan a Ucrania. No obstante, no se puede descartar que la firmeza de estos apoyos flaquee si la contraofensiva ucraniana no se produce o fracasa. Hasta ahora, los países occidentales han gastado más de 65.000 millones de dólares solo en armas, equipos militares y municiones. Esto no se puede mantener durante años, como tampoco Rusia podrá mantener indefinidamente su esfuerzo bélico. Antes o después llegará la negociación, cuyo resultado va a depender en buena medida de la magnitud del éxito de la contraofensiva y del territorio que con ella se recupere.