Que el mundo se ha achicado y todo cuanto antes era exótico hoy es casi doméstico es una verdad comprobable con solo salir a dar un paseo por el campo. Acostumbro a dar una caminata matutina por las corredoiras y rueiros que circundan el concello (pero también pasa caminando por cualquier zona de la Galicia rural y marítima). Se me parte el alma cuando veo decenas de solemnes palmeras agonizantes flanqueando casas y pazos. Palmeras con más de trescientos años de esperanza de vida que, poco a poco, van consumiéndose hasta convertirse en momias fantasmagóricas. ¿Qué les pasa a las palmeras?: «E o picudo», me contestó un paisano.
Decidí investigar al asesino y descubro de quién se trata: el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), una especie de coleóptero de la familia de los gorgojos,? procedente del Asia tropical, originario de las regiones del sureste y la Polinesia. Un insecto de gran tamaño que alcanza los 5 cm de longitud. Los bichos de esta familia se caracterizan por tener una prolongación de la cabeza en forma de pico, unas antenas en forma de maza y un color rojizo característico.
El picudo rojo, originario de Indonesia, entró en España en 1994 a través de unas palmeras que alguien importó desde Egipto. A partir de ahí, esta especie invasora comenzó a devorar palmeras rodeando la cornisa mediterránea hasta llegar a Galicia. El catálogo español de especies invasoras suma 205 entre algas, hongos, plantas, invertebrados, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos. La mayoría de ellos introducidos en los últimos cuarenta años. Descuidos, caprichos y efectos de la globalización son algunas de sus causas. Sacar las cosas de su contexto rompe el delicado equilibrio del ecosistema.
Nos pasó hace poco con un coronavirus chino y palmamos como las palmeras.