El blasón que portaban las legiones romanas llevaba inscrita la sigla SPQR: Senatus Populusque Romanus (El Senado y el pueblo romano). Señalando que el Senado y el pueblo eran la base del poder.
Llegar a ser senador no era una tarea fácil, requería de todo un cursus honorum que obligaba al aspirante a adquirir gradualmente experiencia en las distintas responsabilidades de gobierno, siguiendo una estricta secuencia que contemplaba una edad mínima para cada magistratura, por lo que los senadores solían ser gente mayor con un valor aquilatado de sabiduría, experiencia y honestidad.
Actualmente, sobre todo en Occidente, vivimos más bien en una efebocracia donde el culto a la juventud es patrón medida para acceder al poder y donde el cursus honorum no requiere magistratura alguna. Sin embargo, hoy estamos bajo una especie de gerontocracia democrática.
Considerando el aumento progresivo de pensionistas, unido a la baja natalidad, el voto de la gente mayor se hace determinante para elegir gobiernos, lo que lleva a que los candidatos se esfuercen en seducir a las clases pasivas para asegurarse los votos.
El homo sapiens primitivo consideraba a los mayores no como una carga, sino como depositarios de la memoria. Los mayores, en fin, han sido siempre un gran apoyo para la comunidad —también en las crisis económicas y endémicas padecidas—, por lo que resulta incomprensible su poca funcionalidad en una sociedad que cada vez envejece más.
En 1996, el gasto en pensiones suponía menos del 27 % de los Presupuestos Generales del Estado. Hoy, el gasto en pensiones es del 42 % del Presupuesto que, sin ir más lejos, acaba de presentar el Gobierno actual. Lo cual quiere decir que al Estado le queda menos de un 60 % para gastarlo en colegios, carreteras, sanidad, investigación y desarrollo…
Si lo proyectamos a un futuro de pocos años, el gasto en pensiones será el 60 % del Presupuesto. Y así hasta que las costuras financieras del Estado crujan por alguna parte.
Como no hay dinero en la caja (la hucha de las pensiones es solo una alegoría), hay que pedirlo prestado al Tesoro. La deuda pública española supera al Producto Interior Bruto: más de un billón de euros. Y tiene pinta de seguir creciendo, porque no hay gobierno que se atreva a contrariar a este grupo hegemónico al que no se le pide, ni se le otorga, otra función más que jugar a la petanca y votar al mejor postor.
¿Hay ahí fuera algún político o economista que pueda diseñar una función socialmente productiva para tanto capital humano?
Que se lo pregunten a Xi Jinping, a Vladimir Putin o a Joe Biden, que ninguno cumple los setenta. O a ver que nos dice Tamames.