«Tú, como eres gallego, estarás acostumbrado» te dice todo el mundo en Madrid cuando llueve. Pero lo cierto es que pocas veces había visto yo caer agua del modo en que lo ha hecho estos días. Llegó un momento en que ya parecía incluso preocupante. Acordándome de los cabalistas, incluso me fijé al quinto día si había ya empezado a llover hacia arriba, como decían ellos que ocurrió cuando el diluvio universal. No llovió hacia arriba, pero ha seguido cayendo agua día tras día, de manera persistente. A los que han hecho rogativas a los santos está claro que se les ha ido la mano.
Para cuando se publique este artículo ya habrán terminado esas lluvias intensas, o eso espero. Pero yo escribo todavía escuchando cómo la lluvia cae con fuerza al otro lado del cristal de la ventana, sobre la capa de hojas de arce y castaño, esa hojarasca que el otoño había acumulado pacientemente en el jardín que hay escondido dentro de esta manzana de casas. Recuerdo que un personaje de las novelas de Thomas Hardy, el gran escritor inglés, estaba tan acostumbrado a la lluvia que podía encontrar el camino de vuelta a casa, de noche y borracho, guiándose únicamente por su sonido. Ese repiqueteo de las gotas indicaba, por ejemplo, que allí estaba el montón de hojas; aquel otro sonido amortiguado señalaba por dónde caía el sembrado. Es posible, porque la lluvia es como un coral de Bach: un continuo que nunca es igual. La lluvia en los pinos y las demás coníferas, con sus agujas tan estrechas, suena más apagada que en las frondosas, en las que alza más la voz cuanto más grande es la hoja. Las más ruidosas son estas hojas secas como las del jardín, frágiles, pero rígidas como la piel de un tambor. E incluso ese sonido característico de cada árbol y hoja no permanece igual, sino que va cambiando a medida que el suelo seco se va empapando y encharcando.
Los que vivimos en la ciudad no hemos desarrollado esa habilidad de aquel personaje de Hardy, pero sí quizás la de distinguir la lluvia en otras superficies. Conocemos su sonido al repiquetear sobre un toldo de una cafetería, en los capós de los coches, en las persianas cerradas. Nos despertamos sabiendo si ha llovido la noche anterior por el sonido peculiar que hacen las ruedas de los coches sobre la calzada mojada, y podemos calibrar la intensidad del aguacero por el ruido que hacen en el asfalto, más acuoso o menos; y su dirección, por el temblor de las ventanas. No es el mismo ruido en unas ciudades y otras. Cuando vivía en Jerusalén, donde caía lluvia pocas veces, pero lo hacía con mucha fuerza, notaba la diferencia entre su sonido sobre la caliza gris claro de la que está hecha la ciudad y el de las gotas sobre el duro granito compostelano de mi juventud: el primero era más apagado y el segundo mucho más fuerte. Una noche en Edimburgo, en cambio, me desperté pensando que estaba en A Coruña. Mi hipótesis es que también suena igual la lluvia en Bath y en Londres, porque están edificadas con la misma piedra; y suena, sin embargo, distinta en Oviedo y en Gijón, a pesar de la poca distancia, seguramente en parte porque están hechas con distintos tipos de roca. En Atenas no solo suena distinta, sino que incluso sabe diferente (ligeramente salada, como ya antiguamente Teofrasto decía que le sabía cuando el viento era sur). Iba a pensar un final para este artículo, pero el tiempo ya lo ha hecho por mí. De repente, ha dejado de llover. Y me acabo de dar cuenta de que ese silencio sí que es universal, como si contuviese algo de la calma del primer día después del Diluvio.
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