Querer a unos padres mayores vivos es difícil. Te cuentan mil veces la misma historia, como si te devolviesen lo pesado que eras de niño narrando batallitas. Se les cae la comida, como cuando te limpiaban a ti las babas de la sopa. Algunos se hacen pis, el mismo que a ti te sacaban del pañal. Si van a una residencia, toca ir a verlos, con tu frenética agenda, que se parece a la que tenían ellos cuando no se perdían tus partidos o tus audiciones de piano. Es más fácil quererlos después de muertos. Escribes un obituario en Facebook y te llueve el cariño. Qué bueno eras, papá. Qué amor dabas, mamá. No mientes. Ellos eran grandes. Y tú te harás pequeño cuando pase el tiempo y veas que la historia suele repetirse.