El silencio chino

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

STEPHEN SHAVER / ZUMA PRESS / CO | EUROPAPRESS

24 oct 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Mientras el ruido mediático internacional se concentra cada vez más en la guerra de Ucrania —lo que equivale a decir en Rusia y en la OTAN—, la China de Xi Jinping se afana en liderar un proceso alternativo, capaz de relevar el actual orden internacional e intentar así dominar el mundo. En este sentido, el historiador británico Niall Ferguson fue uno de los primeros en argumentar que el previsible desarrollo de una política exterior china cada vez más agresiva iba a condicionar el futuro orden mundial. Lo cual indicaría que podríamos estar ante un cambio más próximo de lo que creemos. Porque el actual silencio chino «habla» de esto, es decir, de un porvenir liderado por China.

Hay todavía quien sostiene que Pekín no ambiciona transformar el orden internacional más allá de su legítima esfera de intereses. Lo cual sería razonable si no se observase en China un regreso al fervor ideológico de Mao por el leninismo y una clara inclinación por una política exterior de signo nacionalista. Si esto fuese así, está claro que no estaríamos ante la China que algunos ingenuos sueñan: pacífica, internacionalista, integradora y fraternal. Basta seguir los prudentes discursos de Xi Jinping, inspirados en una tradición y una sabiduría «con características chinas únicas», para recelar, formularse preguntas múltiples y asumir respuestas inquietantes.

La posición china ante la guerra de Ucrania resulta ilustrativa, porque está claro que esta no es su guerra, es decir, que no vieron razón para implicarse en ella. Lo cual lleva a una reflexión sobre el orden mundial con el que sueña China. Y en este punto se descubren las cortas miras de Kissinger y Nixon en su día, cuando afirmaron que «China no es una superpotencia, ni buscará jamás serlo». Una declaración que acredita su talento: no fueron capaces de vislumbrar un renacer chino que justo puede llegar acompañado de un cierto ocaso de EE.UU. y de todo Occidente. «Esto no ocurrirá», claman los euroamericanos. Pero a veces la historia se escribe con renglones torcidos.

Más prudente será afrontar la competencia china en los justos términos del desafío económico ahora planteado. Porque las aspiraciones hegemónicas de China pueden ser contrarrestadas por un mundo occidental que no se engañe a sí mismo y que se mantenga firme en la vanguardia de los múltiples desarrollos en marcha. Si es así, quizá tengamos que agradecerle a China eso de no habernos dormido en los laureles o no habernos conformado con las permanentes superioridades que nos atribuían Henry Kissinger y otros «grandes cerebros» que fueron muy capaces de analizar e interpretar su presente, pero no tuvieron el talento de adivinar el porvenir. Y es que ahora estamos ante las puertas de ese futuro novedoso e incierto, muy condicionado por China.