El mal argentino

Manuel Blanco Désar ECONOMISTA

OPINIÓN

Juan Ignacio Roncoroni | EFE

02 oct 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Si nos dicen hace décadas que el PIB per cápita gallego iba a duplicar el argentino nadie lo creería. Pero este milagro es real, tanto por mérito nuestro como por el sistema jurídico que nos brinda la UE, mejorable, pero que al menos respeta los procedimientos e impone cierto rigor. Como en la vida, la virtud y el vicio son cuestión de grado. Quienes criticamos al BCE por haber llegado a una inflación que ronda el 10 % anual, qué haríamos ante la pertinaz inflación argentina, del 80 %. La adicción al déficit fiscal explica gran parte de este síndrome.

El declive argentino desde mediados del siglo pasado no conoce freno. Un país bendecido por la fortuna se ha convertido en el paradigma de la maldición de las materias primas, como casi toda Iberoamérica. Además, su sobredosis de populismo la ha postrado, y subsiste mediante asistencias de prestamistas internacionales, que luego se convierten en chivos expiatorios para retroalimentar al mismo populismo. Así buscan soluciones milagrosas, unas diestro-peronistas, tipo Menem, y otras siniestro-peronistas, tipo Kirchner. Entre experimentos macro, como las pifias de Domingo Cavallo, y micro, como las manzaneras repartidoras de leche en los arrabales más deprimidos, nuestra amada Argentina boquea.

Pero no nos pongamos estupendos. El mal argentino se parece mucho al mal español: querer repartir trigo antes de recogerlo y aun de sembrarlo. La apelación a la justicia social es lo que tiene. Redistribuir riqueza sin generarla siempre termina mal. Los justicialismos no son como la socialdemocracia germana o escandinava. Al final se endeudan, imprimen más billetes, prometen todo a todos y generan una inflación salvaje cuasi perpetua, para luego intentar controlarla con delirantes experimentos, como la canasta básica de alimentos, precios administrativos o fijar salarios menguados por decreto.