No seré yo, líbreme Dios, quién ponga la más mínima tara a la libertad de expresión. Creo, incluso, que hasta las calumnias son género menor de la vida pública. Lo he aprendido con la experiencia: el emisor del mensaje puede decir lo que le venga en gana; un abogado le dirá a la víctima del escarnio que no tiene nada que hacer ante un tribunal. Se abre la boca, hasta la náusea, o se escribe un panfleto y no pasa nada. Pueden acusarlo a usted de fascista. Y nada. Hay cosas peores. No pondré ejemplos. En ocasiones, los decires acaban seriamente ante la Justicia y resulta que empapelan al que articula discursos injuriosos. Rara vez. Yo prefiero que digan y escriban libremente: porque creo que la libertad de expresión, o de opinión, es la sustancia nucleica y la inherencia de toda democracia.
Dicho lo anterior, digo también que al PP, en general y, en particular, a Núñez Feijoo, la oposición mediática los abriga con saña. Recuerdo 1996 y la campaña publicitaria del dóberman: un anuncio contra el PP y a favor del PSOE. Entonces se abrió la espita del todo vale. El enemigo, la derecha. La mayor abyección lingüística o semántica puede ser proferida en su contra.
El pasado verano, mientras agosto sesteaba, he practicado un hábito que no acostumbraba: la televisión. Tras la comida, y siendo un insomne confeso, mientras la familia se adormecía, yo me iba a contemplar la pantalla. Nada había cambiado con respecto a otros tiempos: la veda feroz contra la derecha se había levantado. Y no solo eso, ya parece algo natural. Hace años dejé de sintonizar una determinada cadena televisiva. Antes de la cena aparecía un médico que nunca se ha dedicado a la medicina diciendo lo que siempre ha dicho: los malos son ellos, nosotros somos los buenos. Mañana y tarde y noche: lo mismo. Saña disfrazada de ironía. Inquina y tirria, enmascaradas de humor, contra todo aquel que piense diferente de la orquesta progresista. Si te declaras conservador o liberal o de derechas, resultarás la mejor carnaza para que te muerdan. Si defiendes las políticas del Partido Popular, no dudarán en denominarte facha.
Si te sientes católico, eres propenso a que te laceren. Sobre esto último ha circulado un vídeo de una niña de no más de seis años diciendo lo triste y «carnívora» que es una iglesia: su virgen dolorosa, su crucificado. Al final, la niña ha hablado, como corresponde a su edad, de una «caza de brujas». Nada, obviamente, estaba preparado.
No me desvío. Hablo del escarnio. De la burla realizada con crueldad extrema. A primera hora de la tarde, en otra cadena, y no en esa que ya no sintoniza mi televisor, hablar pestes del rey emérito, de Feijoo (antes Casado o Rajoy) o de todo lo que huela a conservador es la escaleta de cada día.
El derecho a la humillación y al desprecio del no progresista. El dóberman anda suelto. Quizá convenga recordar que en 1996 perdió la izquierda.