Cuando leemos una novela del siglo XIX parece que nuestros abuelos debían aburrirse mucho comparando su apacible vida con la nuestra; si ellos presenciaran la actual, dirían que nos hemos vuelto locos. La sociedad y cultura de entonces no tiene nada que ver con esta vida apretada e hiperinformada, donde todos los días nos llueven males y amenazas desde todo el planeta. ¿Cómo protegerse? ¿Dónde esconderse?
Estuve este fin de semana leyendo a Edgar Morin, un sabio centenario —padre del pensamiento complejo y muchas otras cosas— que, en un opúsculo de apenas cien páginas, desgrana con una lucidez asombrosa las lecciones aprendidas en toda su intensa vida desde 1921. Una sabiduría al alcance de todos pero que pocos aprenden, porque la mayoría de la gente ha mudado el sabio al influencer y los libros al YouTube. Le oí decir un día al maestro Santiago Lamas, lector clandestino y voraz, que hay tres tipos de seres vivos: los animales, las plantas y los libros, algo muy parecido a lo que decía Umbral cuando afirmaba que los libros respiran y le estaban quitando el aire.
Algo hay de cierto en que los libros nacen, se reproducen y mueren dejando paso o recuerdo a las generaciones venideras. El problema está, decía Lamas, en que hoy lee poca gente y, de los que leen, muchos no lo entienden y otros se olvidan. Umbral, a pesar de ahogarse en libros, seguía devorando más porque si no devoraba, derivaba.
Apunto algunas notas de Morin: «Vivir es navegar en un océano de incertidumbres abasteciéndose en islas de certeza. Espérate lo inesperado. Ninguna conquista histórica es irreversible. El ser humano no es bueno ni es malo, es complejo y versátil. Complejidad frente a doctrinas. Se refuta argumentado, no denunciando». Leer es el antídoto de la incertidumbre.