Gaviotas

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre MIRADAS DE TINTA

OPINIÓN

Martina Miser

Cuando comienzan las vacaciones de verano se reviven sensaciones que te hacen recalcular el trayecto de tu historia. La temperatura, la luz, el mar colonizado, la calaña vocinglera explorando espacios y tiempos nuevos, los machos adolescentes estrenando nuevo plumón y aprendiendo los primeros acordes del cortejo; las adolescentes hembras disimulando miradas escudriñadoras del efecto que producen las primeras galeradas de su personalidad y atractivo. En todos ellos los reconoces y te reconoces.

Si veraneaste en el mar, los graznidos y vuelos de las gaviotas tienen el efecto magdalena de Proust mojada en pasión, serenidad, lejanía y olor a brea. Las gaviotas son unos seres polisémico y polivalentes que tan pronto evocan a Juan Salvador Gaviota que al PP. Provocan sensación tanto de libertad como de desconfianza; en estas tierras son de tamaño pavo, pico de ganzúa y polluelos gris ceniza. Las gaviotas no caen demasiado bien porque tienen un graznido provocador, semejante al banderillero cuando cita al toro, un «!eh, eh! eh!» , seguido de una risotada con poderío y mofa.

No son animales sociables, no defecan, descargan donde les peta un engrudo corrosivo que cuesta limpiar y encima, no valen para comer. Las gaviotas no vuelan como pájaros, planean como alas delta; no te miran a los ojos y te roban la tapa en un picado pirata sorpresivo. Las gaviotas son vagas, prefieren gorronear los desperdicios de los barcos y la basura en vez de ir a lo suyo.

Viendo y escuchando el fin de semana a las gaviotas, eché cálculos de veranos vividos, resitué personajes ya muertos con los que compartí sangre, sudor y arena y hasta llegué a pensar que los humanos tenemos mucho más de gaviota de lo que pensamos.