«Brexit», año VI

José Carlos Tenorio Maciá AL HILO

OPINIÓN

MABEL RODRÍGUEZ

Todo acto revolucionario, por exitoso que pueda resultar, esconde siempre un horizonte más prosaico. En un principio, la multitud rebelde se siente protagonista de la historia, pero más pronto que tarde es devuelta a la bancada de los espectadores, allí donde el entusiasmo corre el riesgo de verse superado por la abulia.

Sería erróneo afirmar que en la actualidad, seis años después de la votación popular, el brexit ha dejado de levantar pasiones en el Reino Unido. Algo sencillamente imposible, porque, tal y como se demostró en el 2016 durante la campaña del referendo, la opinión que merece la Unión Europea al otro lado del Canal habla no solo de la imagen que cada británico tiene sobre su país, sino también de sí mismo como individuo.

No obstante, es innegable que a día de hoy, al rememorar la victoria del Leave, el lanzamiento de fuegos artificiales por parte de sus simpatizantes resultaría inoportuno. No tanto porque el pueblo anglosajón anhele una vuelta atrás, sino porque las bondades del brexit todavía están por demostrar.

En estos instantes en los que se cumple el sexto aniversario de la consulta, muchos brexiteers creen seguir teniendo motivos para la celebración, como el hecho de haber podido obviar la libertad de movimiento o la sensación de haber ganado dinamismo en la acción gubernamental. Pero, al mismo tiempo, comienza a percibirse en su seno una creciente tensión interna, estimulada por el debate sobre la manera de responder a los estragos causados por el covid y la guerra en Ucrania. En torno al rumbo, más o menos liberal, que debería seguir el Reino Unido de la era post brexit, una disputa que ha logrado poner en jaque al mismísimo Boris Johnson, quien, acusado de incompetencia por propios y extraños, podría acabar siendo víctima del mismo fenómeno que lo aupó a lo más alto.

Esto último explicaría en buena medida que, como vía para rectificar la frágil posición del premier, la actual efeméride del brexit haya estado mediatizada por el famoso Protocolo de Irlanda del Norte, después de que el equipo de Johnson, ante el fantasma de la disgregación territorial, haya hecho pública su intención de sortear, de forma unilateral y legalmente controvertida, determinados aspectos del mismo, bajo el pretexto de preservar la convivencia pacífica entre unionistas y nacionalistas. Con este movimiento, Downing Street añade incertidumbre a los intercambios comerciales y amenaza con precipitar una nueva batalla con la UE en un contexto internacional ya de por sí agitado, pudiendo dejar en un impasse las relaciones bilaterales entre Londres y Bruselas.

A propósito del brexit, algunos autores consideraron que el Reino Unido nunca había llegado a integrarse del todo en el proyecto europeo. Hoy quizá sería más adecuado decir que, realmente, no ha terminado de salir del mismo. Sea como fuere, el brexit, en tanto que acontecimiento, pudo parecer poético, pero como proceso, y después de seis años, ha perdido sin lugar a dudas parte de su épica. Una cosa es tomar el control y otra muy distinta ejercerlo.