Un periódico informa de que «el criptopánico se apodera del mercado tras la caída de luna». Otro enfoca así la crisis: «Desesperación por el desplome de Luna». ¿De qué luna hablamos? ¿De la Luna satélite de la Tierra, o de la luna de un escaparate que, en situación inestable, amenaza con partirle la crisma a un transeúnte? Ni de una ni de otra. Esta luna es una criptomoneda, esa cosa de la que una autodenominada criptoinversora novata dice en el criptoglosario de su web que es un «tipo de activo digital, por lo que no existe físicamente, que usa un cifrado criptográfico para asegurar su titularidad y garantizar la integridad de las transacciones, controlando y evitando la creación de copias».
El cripto- de criptomoneda se extiende como la pólvora como elemento compositivo con el significado de ‘perteneciente o relativo a las criptomonedas’. Así, el criptopánico se supone que es el miedo cerval de los inversores en bitcoines, lunas y otros productos similares. Lo cual choca con lo que interpreta cualquier lector que conozca el significado de cripto-: ‘oculto, encubierto’. Por ello en criptopánico debería ver tan solo ‘miedo grande y oculto’, en criptoinversor a una persona que invierte en secreto, y en criptobilletera un bolsillo para billetes disimulado en el cinturón.
Aunque el diccionario de la Academia aún acaba de incorporar cripto-, del griego kryptós ‘oculto’, otras obras lexicográficas ya recogían a mediados del siglo XIX numerosas voces formadas con él, entre ellas criptograma, de cripto- (‘oculto’) y -grama (‘escrito’ o ‘gráfico’), que significa ‘mensaje escrito en clave’. Si tras ese elemento prefijo estuviese criptomoneda, un criptograma sería... ¿el diseño de una de estas?, ¿su nombre secreto?
Al final, si cripto- ‘criptomoneda’ llega a consolidarse como elemento compositivo, será cosa de incorporar esa acepción al Diccionario, aunque solo sea para justificar criptorruina, que es hacia donde parecen ir muchos criptoinversores.
Las causas de este tipo de creaciones problemáticas son, entre otras, la traducción mocosuena de términos extranjeros, generalmente del inglés; el empeño en idear nombres univerbales cuando la claridad y la precisión pueden hacer necesario el empleo de más de una palabra; y el acortamiento de esas voces hasta su deformación.