Moral comercial

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

CAROLINE BREHMAN | EFE

11 may 2022 . Actualizado a las 16:36 h.

Si algo nos está diciendo el presente es que la hora de las certezas ha llegado a su fin. Hasta mediados de la década pasada, cuando la resaca de la Gran Recesión empezó a hacer mella en los cuerpos, considerábamos imposible el retroceso, se había instalado en la percepción general la teoría fallida de Fukuyama y su fin de la historia. Hoy el mundo parece ir justo hacia la versión contraria que avanzó el pensador estadounidense en 1992. Ni el humanismo, ni la cultura, ni la ciencia van a ser capaces de desplazar las imposiciones dogmáticas de la religión, que parece vivir en este 2022 un renacer medieval que, como entonces, alcanza no solo a los púlpitos. Esa intolerancia rampante y una cierta superchería se olfatea fuerte en la política y en la medicina y hasta en la forma de relacionarnos.

A finales de junio, el Tribunal Supremo de Estados Unidos revocará de facto la sentencia que desde 1973 permite abortar de manera legal a las mujeres de ese país. En muchos territorios, la interrupción voluntaria del embarazo ya es imposible, al no tener respaldo presupuestario que permita mantener abiertas las clínicas. En realidad, lo que sucederá es que las nietas tendrán menos derechos que sus abuelas al haberse impuesto un revisionismo moral que en la práctica afectará solo a quienes no puedan pagar por olvidar sus principios. Hasta 1966, la Iglesia católica dispensaba en España la denominada bula de carne. A cambio de un precio fijado por el obispo, un creyente podía saltarse el ayuno que la Iglesia fijaba como dogma y que en apariencia se defendía y practicaba con toda la pompa y aparato. Este caso de moral comerciable, de ponerle precio a los principios, retorna con fuerza. El problema es que a veces lo que está en juego no es comer solomillo el Jueves Santo.