Los recientes acontecimientos acaecidos en el ámbito político no solo repercuten en el PP; por el contrario, son hechos que deberían, por su trascendencia, ser analizados en profundidad. No podemos caer en el simplismo de una mera vendetta personal. Los ciudadanos venimos asistiendo con preocupante pasividad a situaciones muy graves de corrupciones, mentiras, falta de rigor político y, lo más grave, crisis en instituciones importantes del Estado. Difíciles momentos para una democracia, aún reciente, cuando el insulto y no el debate llena el Parlamento. Pero, ¿en dónde se origina este cainismo que convierte al adversario político en un enemigo? Revisando la historia comparada en países con culturas similares, observamos que hubo revoluciones que alteraron profundamente la política, la economía y la sociedad mundial, a veces de forma violenta, pero quizás sea 1848 un año clave que puede ser un antecedente de lo que está pasando hoy. En Europa se produjo una oleada de revoluciones liberales que acabaron con la restauración de denostadas monarquías. Pero este movimiento revolucionario, liderado por un ala progresista, fracasó en España. Ganó de nuevo la represión y la «contrarreforma». Narváez, líder conservador, bloqueó el futuro y suprimió las Cortes. También hay que recordar otros intentos revolucionarios fracasados en los años treinta, que, a manera de un péndulo, calentaron motores del fatídico golpe de Estado que inició una Guerra Civil violenta y cainita; por cierto, no bien enterrada. Se inició una contrarrevolución que duró cuarenta años, que sepultó a una democracia y a una Constitución progresista y laica, bien citada por rigurosos historiadores. El miedo y el confesionario nos volvieron alejar de Europa. La Transición, más reforma que cambio, sin duda modernizó un país impregnado en un miedo atávico. Quedaron muchos cabos sueltos, posible origen de una política visceral que prima el garrotazo, como estamos viendo. Ha faltado pedagogía democrática y ejemplaridad en los partidos políticos para reconvertir los vicios contaminantes de un sistema heredado. La democracia, para algunos, se confundió con un traje para tocar poder pero no para gobernar, como estamos viendo. Esta falta de ejemplaridad ha lastrado peligrosamente a un PP por ideas involucionistas que lo apartan de una derecha europea que luchó contra el fascismo; y también a una izquierda, históricamente dividida, que busca un proyecto de Estado que deberá ser aceptado para que nadie abandone el barco de esta España que es plural. Es prioritario bloquear a los que abanderan una nueva contrarreforma y que contaminan a un ciudadano decepcionado. La historia no regala el futuro sin cambiar el traje del pasado que huele a rancio.