La envolvente rusa sigue. Aplasta. Devasta. Asola y desola. Imágenes dantescas, a veces incluso apocalípticas. La dureza de los ataques, los objetivos destruidos, la impunidad en el actuar, el desprecio más absoluto a la vida humana y los civiles, el juego emocional de la vulnerabilidad de la población civil, el bombardear hospitales, zonas urbanas o residenciales, el coqueteo nuclear con centrales y reactores que son atacados y controlados físicamente; otra cosa es si realmente hay seguridad y control nuclear o forman parte de una estrategia entre calculada e improvisada. Improvisada porque nunca el Kremlin esperó que la resistencia ucraniana iba a ser tan firme y cohesionada. Improvisada porque el guerra relámpago y aplastadora ha fracasado y ahora empieza la estrategia del cansancio, del hastío, el miedo y la desesperación de civiles que huyen o tratan de dejar atrás ciudades y pueblos ante el avance ruso, mortífero y sin límites.
Ucrania sabe y es consciente que militar y civilmente está sola frente al invasor. Es conocedora de la simpatía y el apoyo internacional pero eso no significa ni un solo soldado ni armas más estratégicas de sus presumibles aliados verbales, europeos y norteamericanos. Por mucha ayuda, por mucho pequeño armamento que le suministren, la suerte está echada. Y es esa misma Europa la que acogerá en sus entrañas a millones de ucranianos que han huido de su país mientras las mortíferas bombas y los asesinatos no cesan. La factura también la pagamos en Europa, pero sin que nuestra retina se tiña de sangre inmediata. Lo económico no es indiferente, pero nada si lo comparamos con el coste de vidas que está teniendo esta locura sin nombre ni justificación alguna.
La invasión está fracasando y lo está porque la toma del poder no ha sido factible en los primeros días y la claudicación absoluta de Kiev. Es más, ha servido como el hilazón que ha ensamblado el orgullo patriótico y el ansia de país y libertad que tal vez nunca como hasta ahora han podido revitalizar los ucranianos unidos en un destino aciago pero conscientes que ganarán. Sí, ganarán aunque solo sea a largo plazo. Porque el Kremlin perderá tarde o temprano esta guerra y con ella será también el ocaso de sus dirigentes. Por muchas mentiras y guerras de información y ausencia total de libertad de expresión, reunión y asociación, la democracia abrirá en algún momento la conciencia mayoritaria de los rusos.
Entre tanto la ruina económica de un país entero, granero además de Europa, es y empieza a ser una realidad con consecuencias multiplicadoras para el resto de países no solo limítrofes ante la catástrofe humanitaria, sino también por sus importaciones y exportaciones. Y ello y de ello, era consciente también el invasor, como lo es que su logística está empantanada como todos sus canales de suministro, incluidas las armas.
Ganan otros actores intermedios, por ejemplo el gigante chino. Entre tanto el tablero geopolítico se tambalea y acaba con el orden internacional actual. Tal vez ha llegado la hora de aggiornarlo, empezando por un consejo de seguridad de Naciones Unidas que debería reflejar no a los que ganaron la segunda guerra mundial sino la realidad del momento.
Tierra quemada en muchos ámbitos y no solo en los físicos y el de las conciencias. El siglo XXI se empezó a escribir entre pandemia y esta guerra, y con ella una nueva era.