No debemos defendernos a sablazos

OPINIÓN

ALEXANDER ERMOCHENKO

21 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Aunque el título puede parecerle antiguo, como si fuésemos a hablar de la batalla de Trafalgar, voy a tratar de lo que podríamos considerar el último grito de la defensa democrática, eficaz, sostenible y comprometida con la paz, que es, con todos sus defectos y errores, la OTAN. La idea de crear una defensa mancomunada de casi todas las democracias del Atlántico Norte, que delimita jurídicamente los espacios y las causas de intervención, que no favorece la carrera armamentística en sus peores manifestaciones, y que no corre el riesgo de activarse por prontos irreflexivos y mal compensados, es lo que nos dio los 75 años de paz que ha disfrutado, desde la Segunda Guerra Mundial, el campo de Agramante que fue (desde hace 2.500 años) el continente europeo. Por eso nos ha sorprendido tanto la guerra ruso-ucraniana: porque todos estábamos convencidos de que no había ningún riesgo de que la guerra volviese a hacer acto de presencia en nuestro paraíso terrenal.

¿Qué nos falló, pues, el pasado 24 de febrero? Falló que llegamos a creer que no había necesidad ni fuelle para hacer nuevas guerras; que la existencia de la OTAN, convertida en la imagen multinacional de la U. S. Army, disuadía a cualquier enemigo molesto; y que el invento de mantener nuestras guerras en campos ajenos —como hacemos con la Supercopa de España en Arabia Saudí— nos permitía liberar tensiones y mandar recados a cualquiera que intentase importunarnos. Pero no falló solo eso. Lo que estuvo a punto de costarnos un irreparable disgusto fue que, confiados en que los americanos tienen flotas en todos los mares, armamentos —de segunda mano— para todos los ejércitos y espías para todo el mundo, nos permitía mantener la defensa de Europa en modo totalmente ineficiente, sin defensa ni política exterior común, y practicando un pacifismo falso y mal enfocado que nos daba grandes oportunidades y explicaciones para rebajar nuestros gastos militares, y gorronearle la defensa al Tío Sam. De eso va el título de este artículo: de los sablazos que le hemos dado a los Estados Unidos durante décadas y de los museos, el feminismo y el ecologismo que hemos trabajado a cuerpo de rey, mientras los americanos vigilaban nuestros sueños de las noches del verano. Cuando Trump nos avisó de que había que poner más pasta —el 2 % del PIB de cada país— casi nos reímos de él. Y ahora, cuando ya es evidente que nos hemos equivocado, aún quedan populistas y antisistema —sentados incluso en el Consejo de Ministros— que creen que podemos seguir descuidando nuestra defensa, dándole sablazos a Biden, y confiando en que, si algo se desmanda, haremos un puente aéreo sobre el Atlántico —como en aquel Berlín de Tempelhof— hasta atiborrarnos de armamento ultramoderno y de soldados negros, grandes como castillos y entrenados como Mbappé.

Pongámonos, pues, la pilas y no demos más sablazos. Porque, al final, va a ser cierto que los ricos tienen más facilidad para enviar a sus hijos a la guerra que para poner dinero en la obra de la paz.