«Qué cara de vicepresidente se le está poniendo a Juan García-Gallardo». Eso dijo Santiago Abascal. Pero, aunque acabará siéndolo, no le veo yo cara de vicepresidente al candidato de Vox en Castilla y León, sino más bien de miedo escénico ante lo que se le viene encima. Obtener un buen resultado en unas elecciones es una cosa. Pero gobernar y gestionar es otra. Y de ahí que Vox tenga tantas dificultades a la hora de encontrar perfiles cualificados para ocupar cargos en las consejerías de las que tendrá que hacerse responsable que no descarta mantener en segundos escalones a personas que en su día nombró el PP.
Pero si a Gallardo no se le está poniendo cara de vicepresidente, a Pedro Sánchez sí empieza a ponérsele cara de presidente. Algo que hasta ahora no tenía, pese a llevar ya casi cuatro años desempeñando ese cargo. Las guerras, ya se sabe, son un escenario propicio para reforzar los liderazgos. Lo saben bien en EE.UU., donde cada vez que un presidente tenía problemas inventaba una guerra para afianzar su presidencia. No es el caso, porque esta guerra atroz solo la ha buscado Vladimir Putin. Pero, aunque ni Estados Unidos ni España estén combatiendo, a lo que asistimos es a una especie de guerra mundial 3.0 en la que, sin necesidad de pegar tiros, todos los países del mundo están involucrados y sufren de una forma u otra sus consecuencias.
Y, aunque Pedro Sánchez comenzó dubitativo y con errores, dejándose influir por Podemos, ha rectificado y sus últimas intervenciones están teniendo altura política. Ha entendido que es el momento de dar un paso al frente. Y ha dejado atrás a Podemos, al que esto le viene muy grande. Es obvio que la figura de Sánchez se refuerza cuando aparece de la mano de líderes como Macron, Scholz o Von der Leyen, coordinando con ellos las respuestas comunitarias, aumentando el gasto en Defensa o liderando propuestas de reforma energética para la UE, y no debatiendo del sexo de los ángeles con personajes como Belarra o Echenique.
Es el momento de la política grande. Sánchez debe entenderlo. Pero también el PP, que tendrá que hilar muy fino. Por supuesto que debe seguir haciendo oposición. Pero el apoyo a Sánchez en las decisiones que tengan que ver con la guerra debe ser firme. No debe haber miedo a eso. Serán los populismos de Podemos, Vox y de los independentistas los que acabarán cayendo por su oportunismo demagogo. Feijoo deberá mantener la prudencia en lo que afecta a Ucrania y no tratar de hacer nunca oposición por ahí. En tiempo de guerra —y aunque esta pueda acabar pronto, sus consecuencias serán largas— es necesaria la unidad, pese a que ello refuerce al presidente. Feijoo debe recordar —y perdón de antemano por meter a Churchill y a Sánchez en la misma frase—, que, pese a su inmensa popularidad en el conflicto, el líder conservador británico perdió las elecciones inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial en favor del prudente Clement Atlee.