La inadmisible invasión de Ucrania, que conculca todos los principios del derecho internacional, ha provocado en el mundo democrático una reacción que oscila entre el ardor guerrero y el sentimentalismo, emociones que, aunque explicables, acaban nublando la razón indispensable para afrontar un conflicto de tanta gravedad. Por eso, tratando de huir de ambos peligros, quisiera constatar algunas verdades incómodas que deberíamos reconocer con la claridad con que se impone lo evidente.
Los aliados (lo diré así para abreviar) no pueden hacer mucho más —imponer a Rusia durísimas sanciones y enviar a Ucrania armamento ofensivo ligero— a riesgo de convertir un conflicto local en esa tercera guerra mundial de la que a veces se habla con una frivolidad escalofriante. Por eso, y aunque comprensiblemente lo implore Zelenski, ni los aliados pueden cerrar el espacio aéreo ucraniano, ni enviar tropas, ni involucrarse más militarmente. De hecho, incluso en el supuesto de que por un mal cálculo se produjera una agresión rusa no querida a un país de la OTAN, esta hará —confiemos en ello— todo lo posible para evitar una escalada bélica que pudiera acabar implicando a los aliados en una guerra con una potencia nuclear.
Así las cosas, Zelenski solo tiene dos salidas, pues ganar la guerra no parece realista: es verdad que las tropas rusas avanzan a un ritmo inferior al que seguro habían previsto, menor sí, pero constante, como lo prueba la creciente ocupación. ¿Qué dos salidas? La primera es continuar la guerra, aún sabiendo que casi con seguridad la perderá, hasta que el ejército invasor aniquile toda resistencia, lo que podría ser cosas de semanas, o de meses, si los ocupados optaran por una guerra de guerrillas. La segunda sería recabar toda la ayuda internacional para negociar con el objetivo de reducir la pérdida mayor (la desaparición de una Ucrania independiente) por pérdidas menores, pero asumibles, que pudieran poner fin a la invasión. Se trata pues —soy muy consciente— de elegir entre lo malo y lo peor. Putin lo sabía y por eso se lanzó a lo bestia a la invasión.
Esa elección entre resistir hasta el total aniquilamiento de uno mismo o buscar una salida negociada, aunque sea costosa, no es indiferente, pues mientras se sigue en la tesis —irreal según quienes saben de este tema— de la victoria sobre Rusia, Ucrania (sus edificios, sus infraestructuras de todo tipo, sus servicios) van siendo arrasadas por las tropas invasoras y los ucranianos mueren, son heridos o salen por cientos de miles de su país, dejando atrás todo lo que tienen, que cuando vuelvan, si lo hacen, serán meras ruinas. Y en mayor medida, cuanto más dure la contienda.
No, ni de lejos estoy defendiendo el apaciguamiento. Pero nada sería, de hecho, peor para el futuro de Ucrania que creer que su posición es la de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso, el realismo es su mejor arma frente a un nacionalismo ucraniano que los puede llevar a desaparecer del mapa. Y nunca mejor dicho.