Permítannos presentarnos. Somos Alisha, psicóloga, música, cantante, escultora, pintora y sobre todo apasionada por hacer muñecas y sus ropajes. Y mis dos niñas Nicole, de 12 años recién cumplidos, que heredó mi talento, mi incomprensión del mundo, y el mismo coeficiente intelectual de Einstein. Y Solomya, de cinco, que heredó no sé muy bien qué, salvo repetir «él será mi marido», moviendo la melena.
Vivimos en Krivói Rog, la ciudad más larga de Europa, con casi 120 kilómetros ininterrumpidos. Era la ciudad de la siderurgia y la industria pesada cuando estaba integrada en la URSS. La ciudad donde se hacían Mig-21 y cohetes Soyuz. Una urbe agujereada. Donde bromeamos que, con una bomba bien tirada sobre las antiguas galerías, todo caerá. Aunque, también decimos que es difícil, porque lo más probable es que las bombas se pierdan, como nos extraviamos nosotros para encontrar una calle, en 120 kilómetros de ciudad.
Una urbe a 300 kilómetros de Dombás, donde empezó todo. Aunque realmente esto comenzó hace tres siglos, o antes, según los historiadores. Recuerden que Kiev era una capital floreciente hace mil años, cuando Moscú no existía. Pero luego existió, y desde entonces parece que los rusos necesitan un imperio. Un colchón que aísle la tiranía y tenga mar. Y para eso necesitan Ucrania. El problema es que somos ucranianos, guerreros a nivel genético que aman la libertad.
No sé si han visto el vídeo en la ciudad conquistada de Kherson, arrasada por las bombas. Civiles sin armas manifestándose contra el invasor, frente a soldados rusos que, asustados, disparaban al aire, sin que retrocedieran. Habían detenido a un chico, y la masa fue a por él, y se lo llevaron. Mis amigos contaban que en medio había hombres con pasamontañas, grabando las caras… Eso es Rusia.
Nosotros estamos de camino a Kiev, tanto desde el mar —la Odesa que quieren tomar— como desde el Dombás. Por eso nos bombardean. Por eso estamos hoy, todos los días, en un sótano sin protección, a 12 grados bajo cero de media. Sin calefacción y con solo un caldero para calentarse los niños. A veces, quince horas seguidas.
Todos tenemos una aplicación que nos avisa de los bombardeos en los móviles. Desde ayer, a las 16.00 horas, llevamos 7 avisos, aunque pararon de madrugada. Estarían cansados. Como lo estamos todos, viendo los aviones sobre los tejados.
Menos mal que nuestra ciudad tiene 120 kilómetros de largo.