El regreso del rey pasmado

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Emilio Naranjo

09 mar 2022 . Actualizado a las 09:00 h.

Tras el archivo de las investigaciones que sobre el rey emérito adoptaron, tarde, mal y a rastras la Fiscalía Anticorrupción y la del Tribunal Supremo, don Juan Carlos de Borbón ha anunciado por carta a su hijo, don Felipe, su decisión de viajar a España habitualmente aunque no de residir aquí por el momento.

Termina así una anomalía impensable en cualquier otra democracia (república o monarquía parlamentaria) de nuestro continente: que un ex jefe del Estado, objeto de investigación fiscal por presuntos delitos de corrupción, pero jamás imputado por ninguno, tuviese que abandonar el país en medio de una fuerte presión de los partidos republicanos y de un ominoso silencio del Gobierno, del cual uno de esos partidos (el mismo que ahora se ha puesto de perfil sobre la invasión de Ucrania) forma parte.

El acoso a don Juan Carlos llegó al punto de acusarlo de huir para eludir la acción de la justicia, miserable acusación cuando el supuestamente huido ha estado en todo momento localizado y podía haber sido, en consecuencia, detenido en caso de producirse un requerimiento judicial. El ex jefe del Estado se fue, obviamente, para no perjudicar a la Corona, algo en lo que debería haber pensado don Juan Carlos antes de meterse a hacer los negocios que provocaron la apertura de la investigaciones fiscales que acaban de archivarse.

Dicho lo cual, da pavor solo pensar en el atasco que se produciría en las salidas del país si, entre otros, todos los políticos, empresarios, artistas o deportistas que han sido objeto de investigación fiscal o imputación por corrupción hubieran optado por marcharse de España, como se vio obligado a hacerlo quien, a diferencia de los citados, realizó una decisiva contribución al asentamiento de nuestra democracia. Un hecho que solo niegan quienes tienen como objetivo acabar con la Corona a partir de una afirmación insostenible: que las actuales monarquías parlamentarias europeas (todas a la cabeza de los países con mayor calidad democrática) son menos democráticas que los estados donde hay una república.

En 1989 publicó Torrente Ballester una novela (Crónica del rey pasmado) que narraba como el rey Felipe IV se había quedado en tal estado al haber visto desnuda a una hermosa cortesana, tras lo que exigió ver a su reina en paralela condición, lo que puso patas arriba la corte y el Estado. Aunque en cuestiones que afectan a la vida privada de las personas (sean reyes o Juan Pueblo) no hay que entrar, parece que también Juan Carlos I pudo haberse pasmado por quien, si no era una cortesana guardaba con las del oficio semejanzas muy notables. Sea como fuere, lo cierto es que el que el rey emérito de España se desvió del camino recto para acabar dejándose en el torcido un prestigio bien ganado y el cariño de su pueblo. Un coste, me temo, que ya le será imposible revertir. Porque parafraseando a Gil de Biedma, parece obvio que, como otras historias de la historia, la de don Juan Carlos es muy triste pues ha acabado desgraciadamente mal.