Coinciden los expertos en la sorprendente planificación de esta guerra que han maquinado los rusos: no alcanzan los objetivos previstos en el tiempo previsto y, cuando lo hacen, pagan un coste altísimo en vidas y en material. La imagen del embotellamiento de tanques y camiones a lo largo de sesenta kilómetros pasará, supongo, a las antologías militares y sonrojará para siempre al ejército ruso, tenido ahora por inepto y corrupto. Tan extraño resulta que ya he escuchado alguna voz que se pregunta si los generales estarán actuando así porque les parece la mejor manera de deshacerse de Putin.
En estos primeros ocho días de guerra han circulado muchos vídeos tomados con teléfono móvil, no pocos de ellos falsos. Uno me interesó especialmente: el de la señora ucraniana que interpela a un militar ruso, quizá un oficial, en una esquina de la ciudad de Henichesk. Le pregunta gritando qué hace ahí, que esa no es su tierra, a qué ha venido. La copia que distribuyó la BBC suprime varias palabras gruesas. El militar aguanta muy bien el chaparrón y no intenta defenderse. Dice apenas, una y otra vez, respetuosamente: «No empeoremos las cosas». Como si reconociera que la señora tenía razón. Ella no se conforma y sigue gritándole. Le ofrece —en realidad en el vídeo no parece que la señora le ofrezca nada— unas semillas de girasol para que las lleve en los bolsillos, de modo que cuando muera broten de su túmulo algunas flores.
Nada más amenazante que la poesía. La mujer quiere decirle: ya que estás aquí y vas a morir por nada, produce al menos algo de belleza. La guerra en un verso. Putin es prosaico: anunció anteayer que indemnizará a las familias de los caídos. No sé con qué.
@pacosanchez