Muchos nunca creímos posible que se produjera una agresión militar a gran escala contra Ucrania, como la que lanzó el presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin, en la madrugada del día 24 de febrero, al menos no que desbordara los límites del Dombás, donde Rusia ya estaba presente de forma solapada. Putin nos engañó, preparaba el ataque mientras dialogaba con Macron, o con Scholz, y sostenía la validez de los acuerdos de Minsk II, que él mismo hizo saltar por los aires al reconocer la independencia de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Luhansk. Durante varios días, el ejército ucraniano ha resistido valientemente el ataque ruso, pero la desproporción de fuerzas es enorme, y el desenlace —desgraciadamente— es fácil de prever. El presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, ha aceptado iniciar negociaciones, el lunes 28, en algún punto de la frontera de Ucrania con Bielorrusia, «sin condiciones» La cuestión ahora es saber cómo va a terminar este inaceptable y sangriento episodio de agresión a un estado soberano, y qué recorrido puede tener una negociación entre Rusia y Ucrania en la situación actual
Tal vez Ucrania podría aceptar la neutralidad, siempre que tuviera garantías de respeto a su integridad y soberanía. En realidad, no es una mala solución para un país de frontera que siempre ha tenido dos almas: una que mira al este y otra que mira al oeste. También podría aceptarla la OTAN, ya que la integración de Ucrania y Georgia siempre ha sido, hasta ahora, una declaración de intenciones, nunca se puso fecha, y aún sería más fácil en el marco de un nuevo y amplio acuerdo de seguridad en Europa, que incluyera control de armas y medidas de confianza. Pero es difícil que Putin se conforme con eso, probablemente quiera mantener la independencia de las «repúblicas populares» de Donetsk y Luhansk, tal vez ampliada a la totalidad de las provincias correspondientes, o incluso más, todos los territorios de mayoría rusófona al este del río Dniéper y al sur, desde Járkov a Odessa, enlazando con Transnistria, en Moldavia, y dejando al resto de Ucrania sin salida al mar.
Tanto si Moscú pretendiera anexionarse estos territorios como si los quisiera independientes de Kiev bajo su protección, esto sería inaceptable para la OTAN y para la UE porque destrozaría Ucrania, y rompería con toda la legalidad internacional, desde la Carta de Naciones Unidas, pasando por el acta final de Helsinki, hasta el Memorándum de Budapest de 1994 y el Tratado de Amistad y Cooperación Rusia-Ucrania de 1997, en los que Moscú reconocía las fronteras ucranianas. La comunidad internacional ha consentido la anexión de facto de los territorios palestinos por parte de Israel como consecuencia de una acción de guerra, lo que es una vergüenza. No aceptó la anexión de Crimea, pero la consintió. Si ahora consiente esto, se estará enviando un mensaje de impunidad a cualquiera que se sienta suficientemente poderoso para agredir a su vecino, con razón o sin ella.
¿Qué se puede hacer? EE.UU. y la OTAN dejaron claro desde el principio que no iban a intervenir militarmente en defensa de Ucrania. Precisamente eso es lo que ha permitido a Putin hacer lo que ha hecho. No se trata de que no se quiera intervenir porque Ucrania no sea parte de la OTAN, Afganistán tampoco lo era. Se trata de no enfrentarse directamente a un país que tiene 4.500 armas nucleares, dirigido por un personaje imprevisible y probablemente megalómano. Asumiendo que esa intervención no se va a producir, suministrar armas a Kiev tal vez no sea la mejor idea, si lo único que va a hacer es prolongar el sufrimiento. No parece posible que Ucrania pueda oponerse a Rusia con éxito durante mucho tiempo. El arma más efectiva que se esgrime frente a Putin son las sanciones comerciales y financieras. La UE ha dudado, ha habido división en cuanto a su alcance y a su ritmo, por intereses particulares de los Estados miembros, y eso es deprimente.
Pero parece que al final se ha impuesto la cordura y la unidad, y las últimas, que cierran el espacio aéreo, congelan la parte de las reservas rusas que están en bancos occidentales (casi la mitad del total), prohíben operar en occidente al banco central, y expulsan a gran parte de los bancos rusos del sistema SWIFT de intercambio electrónico de pagos, son realmente duras y efectivas. No son completas porque es muy difícil. El gas ruso se sigue necesitando y la prueba es que, en medio de la guerra, sigue corriendo por suelo ucraniano de Rusia a Alemania. También hace falta mantener algún camino abierto para pagarlo, Y, además, las relaciones económicas y financieras están tan trabadas que se requerirán años para deshacerlas. Baste decir que la inversión de Europa en Rusia asciende a 300.000 millones de euros y, naturalmente, nadie querrá perderlos.
En todo caso, las sanciones pueden hacer mucho daño a Rusia, aunque no sean definitivas. Seguramente el Kremlin ya había contado con ellas, puesto que no eran ningún secreto, y las podrá aguantar durante bastante tiempo. Pero si se prolongan mucho, o se endurecen todavía más, su efecto recaerá al final sobre la población rusa que, así como aplaudió con entusiasmo la anexión de Crimea que siempre se había considerado rusa, no ha entendido muy bien la finalidad última de esta guerra que han emprendido sus dirigentes. Y el descontento se puede volver contra Putin. A su favor tiene el alto precio que los hidrocarburos han alcanzado con la crisis. El presupuesto ruso está basado en un precio de 45 dólares el barril, y ahora está a más de cien. Y seguirá vendiendo gas a muchos países europeos que no tienen ninguna alternativa a corto plazo, pero cuando Europa consiga reducir su dependencia —a través de energías renovables y aumentando sus importaciones de otros países—, Rusia seguirá vendiéndolo a China o a otros clientes, porque la dependencia de estas fuentes de energía se va a mantener todavía durante décadas a nivel global.
Lo que ya no va a poder vender Rusia, mientras se mantenga el régimen actual, es su imagen de país fiable, previsible, y más o menos respetuoso con las reglas internacionales. Esta imagen ya se había deteriorado con su intervención en Georgia en el 2018, y después en Siria, pero la había compensado en parte con su apoyo a la lucha contra el terrorismo, contra la proliferación de armas de destrucción masiva —en el contencioso con Irán—, incluso facilitando el tránsito de apoyo logístico a las fuerzas aliadas en Afganistán. Todo eso ha saltado por los aires. El daño que Putin ha hecho, con esta bárbara acción, a la imagen y el prestigio de Rusia en todo el mundo es inconmensurable y tardará mucho tiempo en olvidarse.
Todavía no se sabe cómo va a acabar este conflicto, pero ya se sabe quién lo va perder: todos. Perderá más, por supuesto, Ucrania, que pone los muertos civiles, la destrucción de sus infraestructuras y sus ciudades, y puede perder su libertad o parte de su territorio. Pierde la UE, por el efecto rebote de las sanciones y porque ha quedado al descubierto su debilidad. Pero también pierde Rusia que queda excluida, marcada como un país agresor en el que no se puede confiar, con el que no se puede tratar, en el que no se puede invertir. La guerra es la peor idea de la humanidad, siempre la pierden todos.