P.J. O'Rourke, el gran periodista norteamericano, decía que pensaba vivir «para siempre o hasta los 21, lo que llegue antes». Al final se ha quedado a medio camino entre las dos cosas; porque el hombre que logró conjugar dos profesiones en principio tan poco afines como el humorismo y el periodismo de guerra falleció a los 74 años el martes pasado.
Cuando yo era un reportero en el extranjero, los libros de O'Rourke circulaban entre los periodistas con más rapidez que los rumores. Era como un chiste privado de la profesión. Si veías en una cafetería de Beirut o de Belgrado a alguien sonriendo mientras leía Démosle una oportunidad a la guerra, ya sabías que era un colega; y al entrar en uno de esos hoteles de lujo en torno a los que surgen las guerras era fácil que tu predecesor se hubiese dejado Vacaciones en el infierno sobre la mesilla de noche. «Es de derechas, pero es muy gracioso», me decía la productora inglesa que me dejó su ejemplar un día en Zagreb. Lo cierto es que O'Rourke era gracioso precisamente porque era de derechas. Para ser más exactos, era un antiguo izquierdista desencantado, que es una ideología en sí misma y a mi juicio el mejor punto de vista para entender el mundo. Había empezado editando un periódico maoísta clandestino en un sótano de Baltimore (el único que curraba, según O'Rourke, era el infiltrado que les había metido el FBI), pero había acabado harto del sectarismo, y sobre todo del idealismo, que le parecía a la vez tierno y ridículo («Dios es de derechas, Santa Claus es progresista»). Se puso entonces a recorrer el mundo como reportero de la revista Rolling Stone, dándole buen nombre al sarcasmo, que él sabía practicar con la suavidad y la precisión del judo.
La guerra no tiene gracia, pero el periodismo sí, y con esa premisa O'Rourke informó de la Guerra del Golfo desde Arabia Saudí («la primera guerra en la historia cubierta por periodistas sobrios»); o de las protestas contra el gobierno izquierdista de Panamá, en las que «los ricos se manifiestan dentro de sus coches con el aire acondicionado puesto, y, si no pueden ir ellos, mandan a la criada». En el Líbano llegó a la conclusión de que todo el mundo vivía de venderse los mismos cartones de Marlboro unos a otros. Su reportaje sobre las peleas de gallos en Filipinas es antológico («dos especialidades gastronómicas armadas, luchando para ver cuál de las dos va a ser la cena»). Su arte era ese de las pequeñas observaciones. Como aquel loro del hotel Le Commodore de Beirut que a ratos imitaba el silbido de un obús y a ratos La Marsellesa; o los soldados salvadoreños vestidos de camuflaje y a la vez con chalecos reflectantes, porque no podían decidir quién era más peligroso, si los francotiradores o los automovilistas. Tengo mis dudas sobre su teoría de que los jóvenes de países en los que se ha introducido el béisbol tiran piedras a la policía con más precisión, pero su Guía para conducir en el Tercer Mundo me resultó muy útil («en Egipto casi toda la conducción se hace con el claxon»).
La última vez que leí a O'Rourke fue durante las elecciones del 2016 que ganó Trump. Aunque republicano, él había votado por Hillary Clinton, porque decía que estaba «equivocada absolutamente en todo, pero dentro de los parámetros normales», no como Trump. La frase resume bien esa rama del escepticismo que P.J. practicaba como nadie. Se le echará de menos. Contrariamente a lo que decía Bertold Brecht, los tiempos nunca son malos para la lírica, que más o menos va siempre tirando, pero sí para el humor y la independencia de criterio, como pasa ahora.