El PP ha ganado las elecciones en Castilla y León. Es más, ha logrado en solitario más escaños que el PSOE y Unidas Podemos juntos. Conviene aclararlo porque, leyendo algunos titulares, un despistado podría colegir que el PP perdió estrepitosamente y la coalición que gobierna España salió victoriosa. Dicho esto, el adelanto electoral fue un error que se resume en tres malas noticias: inestabilidad, populismo y cantonalismo. El PP ratifica su capacidad de convertir sus triunfos en derrotas. Tras la del PSOE en Madrid, la de los populares en Castilla y León ha sido la peor campaña que he visto jamás. En lugar de preparar el terreno para lo que era evidente, que iba a tener que pactar para gobernar, situó su listón en la mayoría absoluta, ciñéndose así su propia soga.
Aunque hay más opciones de las que parece para la investidura, y el PP debe explorarlas todas, con este resultado Vox no tiene más remedio que pedir su entrada en el Gobierno. Pero eso, que sería malo para el PP de cara a las generales, tampoco sería lo ideal para Vox, porque tendría que hacer algo que no ha hecho nunca: gestionar. Y ahí empezarían a verse sus costuras. Les doy una pista. El ocaso de Podemos llegó cuando le tocó gobernar y dio su verdadera medida con ministros como Irene Montero, Castells, Belarra, Garzón o el propio Iglesias.
Esa es otra lección de estos comicios. Si Yolanda Díaz —que, guste o no, está a años luz de esos aficionados— quiere erigir su propio proyecto, deberá repudiar a Podemos, que hoy es ya una marca arruinada. Y por el sumidero electoral se va también Ciudadanos, la otra franquicia de lo que se llamó la nueva política, cuyo último mohicano, Francisco Igea, da lecciones a diestra y siniestra pese tener un 4,4 % de los votos.
Si algo confirman estas elecciones es el declive de la coalición de Gobierno, que augura un cambio de ciclo en España. El PSOE no solo ha fracasado en todos los últimos comicios —salvo los de Cataluña, con un triunfo inútil—, sino que el PP ha superado a la suma de toda la izquierda junta en las elecciones de Galicia, Madrid y Castilla y León. Pero el susto del PP este domingo confirma también que, si pretende que ese giro a la derecha se consume a su favor en las generales, Casado y Ayuso deberán poner fin de inmediato a su ridícula guerra interna. Y no parece que vayan por ahí.
Otra conclusión que tendrían que extraer Juan Manuel Moreno y Juan Espadas en Andalucía es que deberán limitar al mínimo la presencia de Pablo Casado y Pedro Sánchez en los comicios autonómicos, para los que ya no hay prisa. Las marcas PP y PSOE son hoy mucho más fuertes que sus líderes, que son un lastre para sus propios partidos.
Y, por último, si la izquierda quiere demostrar que su gran preocupación por el hecho de que Vox pueda llegar a gobernar es real, y no una demostración de cinismo, lo tiene fácil. Que ofrezca gratis su abstención en la investidura de Mañueco para impedirlo. Sería suficiente, incluso con el voto en contra de Vox y de todos los demás partidos. Eso es lo que haría la izquierda en Francia o en Alemania. Pero va a ser que no.