Amenazaba lluvia después de un invierno de frío y sol.
-Yo no quería ser arquitecto.
-Pero si no lo eres.
-Sí que lo soy.
Siguieron avanzando por el suelo.
-La sensación que tienes cuando eres padre es grandiosa. Te llegas a creer que estás construyendo un edificio, el edificio perfecto. El edificio inteligente. Y encima, ese edificio te quiere. Te necesita. Tu hijo son tus planes de obra, lo que siempre soñaste cuando jugabas con los muñequitos de los clics. Y con sus dos orejas. Sus dos ojos. Sus dos brazos. Sus dos piernas. Sus dos manos pequeñitas para cogérselas y sentir que tu corazón se convierte en esponja. Algunos padres piensan que solo ellos ponen las piezas. Pero no es verdad. El colegio hace mucho. Sus amigos. O sus enemigos. Los familiares. Los vecinos. El azar. Muchos meten baza cuando se levanta la casa de un crío. Y, sobre todo, los propios chavales son los que más se construyen o se destruyen a sí mismos. Con sus decisiones, con su fortuna o su falta de ella. Con sus amores o con sus desamores. Pero tú empeñado en que el niño es tu invento. Tu logro. Espías a los otros padres y en el fondo disfrutas cuando crees que se equivocan. Piensas que tu hijo, tu edificio, tu chalé adosado, tu mansión, tu piso piloto, cada uno según sus pretensiones, es el mejor de la urbanización, de la ciudad. Del mundo. Vuelas sobre la fantasía de que eres el primer padre del universo.
-Estás fatal.
Y siguieron avanzando por el suelo, ya dos adultos, casi casi a un paso de empezar a encorvarse. Se veían siempre a esa hora matinal por el parque.
-Espera. Hay más. Pasan los años y ese edificio tan perfecto va cobrando autonomía y deja de quererte. O más bien, o más mal, pasa a quererte a su manera. Como si fueras un cajero automático, para darle dinero. O un taxista, para llevarle a los sitios. Pero lo peor de todo no es que el chaval, el edificio, ya sea un rascacielos, más alto que tú, lo peor es que mientras te empeñaste la vida, la tuya, en construirlo a él, cada pieza que ponías dejabas de construirte a ti. Solo eras madre o padre y tú mismo te ibas convirtiendo en una casa en ruinas. Tus dos mejores décadas regaladas a alguien que jamás te querrá como tú a él. Los hijos no quieren a los padres de la misma manera que el padre al hijo. Las madres ni te cuento. Todo se lo dabas a él e ibas descuidando tus puertas, tus ventanas, esa mano de pintura que ya te hacía falta por lo menos para sentirte mejor. Los años caían sobre tu techumbre, que se empezaba a quedar sin pelo. Tu hijo ya es un edificio imponente y tú camino de ser una chabola. Ser padre es maravilloso, pero no a costa de anularte del todo como persona, de regalar tanto que te regalas a ti mismo. Y nadie te devuelve todo ese tiempo. Los hijos no son nuestros. No son una finca, una propiedad privada. Los hijos son del mundo.
-No sigas. Creo que tienes razón. Me estás dando el paseo.
Y siguieron arrastrándose por el suelo las dos cucarachas amigas.