Brujas de hoy

Cristina Sánchez-Andrade PREMIO DE PERIODISMO JULIO CAMBA

OPINIÓN

05 feb 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Imagínense a un hombre que se ha cansado de su mujer por el motivo que sea (probablemente porque es vieja). Imagínense que se quiere volver a casar o amancebar y no sabe cómo hacerlo sin complicarse la vida. Imagínense ahora a otro que ha contraído una deuda con su cuñada y que no sabe cómo pagarla. Pues bien, aunque resulte increíble, en ciertos lugares aún existe el recurso de acusar a estas mujeres de brujas y desterrarlas para siempre. Leo con espanto que en el norte de Ghana hay campamentos para brujas. Por lo visto, este país aún comparte con otras naciones africanas la creencia de que las enfermedades, las muertes de la gente, las sequías o los incendios son consecuencia de la magia negra, casi siempre ejercida por mujeres. Por eso, cuando llega el caso de que una mujer estorbe —por vieja, o por ser acreedora de una deuda—, como denuncian ONG como Anti-Witchcraft Campaign Coalition-Ghana, el hombre no tiene más que acusarlas de brujas para quitárselas de en medio. «Pierden todo el derecho a defenderse —dice la ONG—, a ver a su familia, para su comunidad ya es una persona muerta. Pierden hasta el derecho al voto. Dejan de ser ciudadanas para ser sombras».

Brujas hubo siempre. Los juicios de Salem en Massachusetts (EE.UU.) en el siglo XVII son bien conocidos en todo el mundo, pero Europa fue en realidad el escenario de una cacería de brujas incomparablemente mayor. Y es que, para que la mujer no hablara, no diera la lata, lo mejor era arrojarla a la hoguera o encerrarla. En La loca del desván (1979), las autoras feministas Sandra Gilbert y Susan Gubar analizan cómo, a través de la literatura, el hombre inventaba a la mujer idealizada, ese ángel puro encerrado entre cuatro paredes. En este ensayo hay una interpretación interesante del cuento de Blancanieves, que representa las dos formas que tiene el patriarcado de ver a la mujer: la bruja mala activa y la doncella buena pasiva.

En el caso de Galicia, como todo el mundo sabe, brujas tampoco faltan. Como paradigma, tenemos el caso de María Soliña, conocida por el precioso poema que nos dejó Celso Emilio Ferreiro («Polos caminos de Cangas/a voz do vento xemía:/ ai, que soliña quedache, María Soliña»). Con 70 años, en 1621, se la acusó de reunirse con el demonio y otras mujeres en la fuente, en donde, según decían, se restregaban con ungüentos hechos con hierbas. Después de dos días de tortura, muerta de miedo, confiesa haber sido bruja durante veinte años y de tener contacto con el Maligno. ¿Por qué fue delatada? En este caso no había un hombre detrás que quisiera librarse de ella, ya que, según se sabe, su marido había muerto. El motivo era otro, pero igual de deleznable: en la fecha en que fue acusada, la Iglesia sufría una gran crisis económica. A través de la Inquisición y sus delatores, era fácil encontrar víctimas como María Soliña a quien acusar de bruja y, acto seguido, confiscar los bienes. Ella poseía un pequeño patrimonio, pero, sobre todo, lo que interesó al tribunal fueron sus derechos de presentación por ser descendiente de uno de los fundadores de templos en Cangas y Redondela, por los que cobraba una parte de los arrendamientos o limosnas allí recaudados.