El bebé afgano

Yashmina Shawki
Yashmina Shawki CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

ALI KHARA | Reuters

12 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Tiene poco más de seis meses y ya ha vivido una odisea. Por fortuna, es demasiado pequeño para que pueda recordar el drama que ha rodeado su vida desde que el pasado 19 de agosto, con tan solo dos meses, y en medio del caos de la evacuación provocada por el anuncio de la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán, su padre, Mirza Ali Ahmadi, quien había trabajado como guardia de seguridad en la embajada norteamericana en Kabul, ante el temor de que lo aplastaran se lo entregó a quien creía un soldado de EE.UU.

Preocupado por la seguridad de su esposa y sus otros cuatro hijos, logró entrar en el aeropuerto, donde se pasó horas buscando al pequeño de manera infructuosa. Al final, él y su familia fueron trasladados a una base militar en Texas, en donde han residido hasta ser reubicados en Míchigan.

El azar, el destino o la casualidad hizo que Hamid Safi, un joven taxista de 29 años, padre de tres niñas, encontrara al bebé. Deseoso de tener un hijo varón, una obsesión en países tan extremadamente machistas y retrógrados como Afganistán, se quedó al pequeño, pero cometió el error de compartir fotos de él con toda su familia en Facebook.

En un país donde casi ninguna ONG trabaja, localizar al pequeño parecía una tarea imposible, pero tras lograr anunciar su desaparición un vecino del taxista lo reconoció e informó a la policía. Hizo falta bastante persuasión, incluidas 7 horas de detención, para que el taxista, muy encariñado con el pequeño, aceptara devolverlo a su abuelo materno, quien ahora intenta que se reúna con su familia en EE.UU. Sohail Ahmadi ha sido muy afortunado.

Por desgracia, no siempre es así. Pequeños como Aylan Kurdi, de apenas 3 años, fallecen todos los días víctimas de conflictos a los que son totalmente ajenos. Recordemos que Aylan murió ahogado en el 2015 junto con su madre y su otro hermano de 5 años mientras intentaban cruzar de Turquía a Europa. Los niños y niñas son los que sufren las consecuencias de la insensatez de los adultos, empeñados en conflictos eternos en lugar de buscar soluciones duraderas.