Queda Raphael, digan lo que digan

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

DPA vía Europa Press

Disculpará mi afán, estimado lector —«mon semblable, mon frère», decía Baudelaire—. Y disculpará mi osadía el artista al que dedico esta columna de año nuevo, que ojalá venga mejor que el rematado hace diez días, innombrable. La escribo como un conjuro contra los malos tiempos. Sale del interior, más que de la inteligencia. De la admiración, más que del entendimiento. Yo, que nunca he escrito una palabra sobre él. Que lo he dejado apartado, escuchando sus discos, hasta sus setenta y ocho y mis cincuenta y ocho. Siempre me había dado miedo que, en realidad, no fuese tan extraordinario como yo creía. Que todo resultase una farsa, como tantas veces. Aseguro que si alguien tuviese que devolverme el dinero por las mentiras del arte, falacias que yo creía, los ingresos no serían pequeños: he gastado en discos o libros lo que no tuve. Y me he sentido estafado en ocasiones. Pero en la vida aprendemos de los errores, y solo de los errores, lo demás son ejercicios de memoria y conocimiento. Por eso había dejado a Raphael hasta mis cincuenta y ocho, setenta y ocho para él. Lo he dejado hasta tan lejos para que me doliese menos, un poco nada más, por si él fuese también una estafa.

He visto en directo a los mejores, desde Dylan a Springsteen, de Serrat a Sabina, de la Jurado a la Dúrcal, y de Camilo Sesto a Julio Iglesias. Sé que no son análogos. Pero las analogías del corazón tienen poco que ver con lo empírico. No he sido de ópera ni viajero de la música clásica. Pero mojé mis huesos una noche de verano en el Manzanares y años después, mojado de sueños, los contemplé en el mismo lugar: los Stones. Me cautivó la sensibilidad de Aute, de Silvio o Alberto Cortez. El volcán de Tina Turner y la iconoclastia de Madonna. Milladoiro y Luar na Lubre me hicieron amar más a Galicia, todavía. AC/DC me enardecieron. Gocé las luces de los ochenta: los mejores ya se han ido; perdura, aún, su aroma. Pero el divo era él. Digo divo con cariño, para significar que es diferente. Nunca he visto nada igual. Se para. Golpea la tapa del piano. Una mirada. Silencio. Y uno se da cuenta de que está ante algo absolutamente sobrenatural. Quiero decir que toda naturaleza queda pequeña ante su genio (no sé definirlo). Da igual la melodía. Hasta no importa el torrente de su voz. Las letras mejores o peores, la calidad de los músicos y el espectáculo. Es Raphael. Cuando uno llega a la categoría de ser uno mismo, en lo alto, lo demás resulta superfluo. Jamás he visto en vivo a nadie como él. Y contemplé a muchos. Ninguno puede parecerse. Porque uno refleja la imagen de lo que lleva dentro. El de Linares es El Artista. Este lunes lo cito queriendo ensalzar lo auténtico en este mundo mohíno y atribulado: una terapia a favor de la esperanza. Contra lo falso. Contra los miedos, queda Raphael. Digan lo que digan.