Cuando leo las peroratas de los grandes economistas, políticos y científicos, parapetados detrás de la obsesiva convicción de que estamos ante una catástrofe apocalíptica que va a modificar la estructura y la cosmovisión del mundo, y que da pretextos para gobernar y desgobernar a caño abierto, tengo la sensación de que hemos olvidado la historia del siglo XX, en la que, sumadas las grandes revoluciones —la china y la rusa sobre todo—, las dos guerras mundiales, las guerras calientes incrustadas en la Guerra Fría —Vietnam y Corea—, la gripe española de 1918, las numerosas guerras civiles y conflictos nacionalistas, los sañudos genocidios protagonizados por grandes y pequeños, la expansión de la dictaduras fascistas y militaristas que proclamaban la maldad radical de las democracias y las virtudes salvíficas de las tiranías ordenancistas y asesinas, las hambrunas y abusos sembrados por el imperialismo tardío, y la inconmensurable destrucción de cultura y patrimonio que hemos consumado, me veo obligado a concluir que el mayor problema de este momento es la histeria, a la que ayudan la improvisación, el populismo y la política de bloques, y una plaga de livianos mandatarios que cada vez se parecen más a las figuras rígidas y alineadas de un futbolín, impulsadas, sin saber con qué criterios y objetivos, por las manos invisibles de los poderes ocultos.
También olvidamos que la mayoría de los cambios derivados de aquellas catástrofes —los regímenes totalitarios, las economías colectivizadas, el choque a muerte del capitalismo con el comunismo, y otros saltos cualitativos semejantes— acabaron volvendo ao rego, como siempre, como evidencian los capitalismos de Rusia y China, la confluencia mundial sobre un capitalismo amansado, la reconstrucción reactiva de iglesias y catedrales que ponen fin al laicismo activo y a la persecución religiosa, y el regreso a muchos de los elementos estructurales que creíamos aniquilados por los terroríficos conflictos que vieron nuestros padres.
Durante la crisis financiera (2008-2014), llegué a creer que el origen del problema estaba en el desorden financiero, que, trasladado a la política, produjo la desafección democrática que abrió las puertas al populismo rampante. Y ahora empiezo a creer que el problema está en un populismo, y en los populismos metastásicos que se generan para combatir el populismo puro, y que la crisis económica que provocó la pandemia está siendo severamente agravada por la histeria política, que, dando por sentado que la obligación de hoy es actuar rápidamente, sin saber dónde, cómo y para qué, está generando un desorden sistémico —político, social y económico— que pone los pelos de punta.
Si el populismo es malo, el adanismo político, que cree que nunca hemos estado mejor o peor, puede resultar más dañino y mucho más contagioso. Así que, a las grandes ideas del momento, que son «vacunar, vacunar y vacunar», y «gastar, gastar y gastar», debemos añadir una tercera, que es «sosegar, sosegar y sosegar».