¿Quién de las dos reirá la última?

OPINIÓN

Ricardo Rubio | Europa Press

04 nov 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Si son ciertos los acuerdos internos adoptados sobre la derogación —o la profunda modernización— de la reforma laboral, es evidente que la señora Calviño, que vino para poner orden en la Moncloa, y para dar seriedad y fiabilidad a las políticas económica y fiscal del Estado, no ganó ni un solo pulso, que fue desautorizada en todos sus intentos, y que Sánchez ya se forjó su deseada sensación de que la vicepresidenta primera ya está aferrada al sillón, y que, le hagan lo que le hagan, o la pongan en ridículo siempre que se estime necesario, tiene la seguridad de que doña Nadia no se va a plantar, ni va a abandonar al presidente en el laberinto que se está construyendo.

En cambio, sería totalmente cierto lo contrario: que Yolanda Díaz metió todos los penaltis que tiró, que siempre se sale con la suya, y que ha convencido a Sánchez de que, si no le deja hacer las cosas de acuerdo con las necesidades de su creciente populismo, romperá el Gobierno, se montará su chiringuito anti egos, y abrirá las puertas de la Moncloa —¡por culpa de Sánchez y de Calviño— a ese PP que ya relame su poder, y a Vox, que, en función de sus ambiciosas estrategias, podrá escoger entre gobernar y mojarse, o apoyar —con reparos— al que gobierna.

Lo malo de esta situación es que afecta al fondo mismo de nuestros problemas. Y lo peor —que es hacia donde vamos— es que nada de lo que se dijo sobre la cumbre de Sánchez con las vicepresidentas es creíble, y que estamos en esa situación de extrema incoherencia, al itálico modo, en la que «puede pasar todo y lo contrario de todo».

Si Díaz pudo salir de la reunión diciendo que los pactos se cumplen y que donde dijo derogar solo se quiso decir derogar; y si Sánchez también pudo salir diciendo que el acuerdo al que se llegue debe tener el visto bueno de sindicatos y patronal, que viven y trabajan en las antípodas, también sigue siendo posible que, mientras Díaz proclama su victoria, al haberle doblegado el pulso a Calviño, la última risa la protagonice doña Nadia, que, tras haber sido ninguneada en todos los episodios de esta larga partida, acabe saliendo como la triunfadora efectiva, mientras Díaz empieza a plegarse a la dura realidad.

Si este dilema se hubiese planteado en el momento inicial de la coalición, yo apostaría mil contra cien a que la señora Calviño saldría victoriosa, y sin un rasguño, en todas las aceifas de esta legislatura. Pero ahora, visto lo visto, creo que Calviño ya es un cero a la izquierda, y que lo que va a triunfar no es su resiliencia, sino la resistencia de Sánchez en una Moncloa que solo Díaz le asegura. Porque, si vamos a decir la verdad, hace mucho tiempo que en España no se habla ni de recuperación económica, ni de reformas estructurales, ni de las consejas ya devaluadas que nos llegan de las comadres internacionales. De lo único que se habla es de poder, y de que, si caigo yo, viene Casado. Y, en este entierro, Calviño no tiene vela, mientras Díaz blande un cirio pascual de enorme envergadura.