La coincidencia de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea con la pandemia del covid-19 conlleva una maldición adicional para los analistas políticos, porque hace muy difícil separar los efectos de la una y la otra. Pero en el caso de la actual crisis de abastecimiento de gasolina que padece el Reino Unido ni uno ni otro son la causa de fondo, sino factores que la agravan en distinta medida. La causa inmediata de la crisis es, en apariencia, muy simple: Gran Bretaña sufre, desde hace muchos años, una carencia estructural de conductores profesionales. La edad media de los camioneros es de 55 años y no se está produciendo un recambio generacional (lo mismo que en España y el resto de Europa). La epidemia ha agravado el problema porque ha paralizado los exámenes (el retraso es ahora de más de seis meses) y porque los confinamientos han provocado que muchos conductores extranjeros prefiriesen volver a sus países. El brexit puede haber influido también, aunque lo cierto es que el número de visados de trabajo se mantuvo estable después de la salida de Gran Bretaña de la UE y solo cayó, casi a cero, cuando empezó el primer confinamiento. En todo caso, el brexit puede hacer más difícil para el Gobierno británico reclutar conductores en la UE con visados menos exigentes, como pretende ahora.
Esta falta de conductores explica los problemas de suministro en general, pero no las colas en las gasolineras. Estas se han producido porque la patronal del transporte filtró intencionadamente que «podría llegar a haber un problema de suministro de gasolina» mientras negociaba con el Gobierno una flexibilización del mercado laboral de los conductores. Eso es lo que desató el nerviosismo. La movilización del Ejército decretada por el Gobierno debería resolver el problema, puesto que para repartir el combustible a las gasolineras solo se necesita un número relativamente pequeño de conductores especializados. Pero eso dependerá de si los conductores confían en la medida y cesa el pánico.
Sin embargo, el problema de suministro en otros productos, al que se le presta ahora menos atención, será mucho más difícil de solucionar. Aparte de esas dificultades para reclutar conductores con las que se va a encontrar Londres, esta es una crisis que se engloba en otra más amplia del transporte global, de la que la escalada del precio de la electricidad en España, por ejemplo, es otro síntoma. En nuestro caso, lo que falta no son conductores de camiones (aunque ese problema también se empieza a sentir), sino barcos que transporten gas, entre muchas otras cosas. A ello habrá que sumar pronto una crisis de producción en China, la fábrica del mundo, donde la escasez de carbón no solo es lo que provoca que Pekín esté comprando todo el gas que puede (lo que hace que suba el precio), sino que los ha obligado ya a racionar la electricidad industrial. Aunque el sistema económico mundial ha demostrado una flexibilidad sorprendente en lo que llevamos de pandemia, era de temer que se produjesen distorsiones graves como estas. Las de Gran Bretaña son, ahora mismo, las más llamativas; pero no serán, desgraciadamente, las únicas ni las más graves.