La lava

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

Edgardo

26 sep 2021 . Actualizado a las 10:39 h.

Escribí a mi sobrina Sara para saber qué tal le iba. Vive con su familia en la isla de La Palma, a cuatro kilómetros mal contados del nuevo volcán. Me contestó que tiene amigos que se han quedado sin sus casas, que el aire es cada vez más irrespirable y que la terraza está cubierta de cenizas volcánicas, como un otoño en blanco y negro. Por las noches escuchan el rugido del volcán y las explosiones, y a través de las persianas les entra el resplandor tembloroso de la erupción, como el fuego de un hogar gigantesco. A muy poca distancia baja el río de lava trazando una línea negra; es una raya casi recta que parece trazada con tinta china y que separa a los que van a tener suerte de los que van a perderlo todo en este drama. Mi sobrina me enviaba una fotografía en la que se veía ese río ardiente descendiendo frente a su pueblo, como una procesión de antorchas en la oscuridad.

Como tanta gente, yo también he estado mirando hipnotizado estos días esas coladas de lava en las imágenes de televisión. Me hacen pensar en el famoso quinto verso de las Elegías de Duino, donde dice Rilke que incluso lo terrible empieza a veces manifestándose por medio de la belleza. Pienso que hay algo especialmente siniestro en ver cómo una tragedia camina tan lentamente, sin prisas. Hace que parezca más inexorable de lo que ya es. Es como ver avanzar la mismísima nada, un agujero negro que lo devora todo a su paso y que contiene en sus entrañas, como brasas encendidas, el calor de los orígenes de la Tierra. Aunque sean los desniveles del terreno los que dirijan su recorrido, viéndolo es difícil evitar la sensación de que se trata de un monstruo, de un animal viscoso que se arrastra buscando el mar. Por supuesto, esto son imaginaciones: la geología no significa nada, simplemente es; pero aun así sus catástrofes tienen la capacidad de despertar algo atávico en nuestro subconsciente, y que no es más que la conciencia de nuestra fragilidad.

El caso es que nuestro tiempo y el de la geología son tan distintos que no solemos encontrarnos los humanos y los volcanes. Sus obras y sus señales, que eran demasiado antiguas y extrañas para que pudiésemos interpretarlas, se tomaban hasta no hace mucho por seres mitológicos atrapados en forma de roca: unas columnas de lava quebradas en el Ulster eran la «calzada de los gigantes», una montaña volcánica en Wyoming era la Torre del Diablo, y otra recortada por la erosión en Nuevo México era para los navajos el «gran pájaro de roca» que les había llevado a ese lugar. Hemos levantado la antigua Roma con cenizas volcánicas y, sobre los conos de volcanes apagados y escondidos por la hierba, hemos edificado castillos (muchos de los de Gran Bretaña), templos budistas como el de Borobudur, esculpido en la lava de Indonesia, o como la catedral de Orvieto. Incluso hemos construido dentro de sus cráteres (Saná, en Yemen), o junto a otros que están activos todavía (México D.F., Catania), o sobre ellos (Santorini, en Grecia).