Una mirada más allá de las violencias adolescentes

ricardo fandiño pascual DOCTOR POR LA UNIVERSIDAD DE VIGO Y PSICÓLOGO CLÍNICO. PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN PARA A SAÚDE EMOCIONAL NA INFANCIA E NA ADOLESCENCIA (ASEIA)

OPINIÓN

María Pedreda

13 sep 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Durante las últimas semanas han sido muchas las noticias acerca de conductas violentas protagonizadas por adolescentes, especialmente vinculadas al ocio nocturno. Aún no contamos con los datos de la Fiscalía General del Estado sobre los delitos cometidos por menores de edad en el período 2020-21, pero los del Ministerio del Interior señalan una incidencia al alza en este tipo de sucesos. Debemos tener en cuenta que el uso de dispositivos móviles para captar imágenes y difundirlas a través de las redes sociales puede producir un efecto de amplificación en el impacto social de los hechos. De las violencias que antes no teníamos noticia hoy tendremos un publirreportaje. Más allá de los números, lo subjetivo de la rabia y la furia de los más jóvenes se objetiva en imágenes ocupando una centralidad social que nos interpela como madres, padres y ciudadanos. 

Adolescencia y violencia son términos que están unidos ya desde los fundacionales trabajos de Stanley Hall sobre este grupo etario a principios del siglo XX. Pero no debemos olvidar que ni el ejercicio de la violencia es exclusivo de los adolescentes, ni es justo retratar a la actual como una generación de peligrosos agresores. De hecho, lo más frecuente es que las víctimas de actos violentos protagonizados por adolescentes sean también adolescentes. Tampoco la producción de violencia se distribuye uniformemente entre todos ellos, sino que hay algunos que por sus características individuales y factores sociofamiliares serán más proclives a la misma. El sesgo de género es claramente masculino y el consumo de sustancias acompaña casi siempre estos incidentes. La violencia es una respuesta posible para un adolescente, pero no es una respuesta única de todos los adolescentes.

Una cuestión habitual es si la pandemia podría estar en relación con el incremento de este tipo de conductas. La respuesta es compleja. En primer lugar, debemos tener en cuenta que las perspectivas para el adolescente prepandémico no eran nada halagüeñas. A inicios del 2020, las tasas de paro juvenil y de riesgo de pobreza en menores de edad eran muy elevadas en España, y el mensaje de que la sostenibilidad del sistema estaba en cuestión ya era generalizado. Tanto estos indicadores como la percepción sobre el futuro habrán empeorado tras este año y medio. Por otra parte, el impacto de las medidas de distanciamiento social ha sido particularmente significativo para un sector de la población en el que la relación entre iguales es el elemento alrededor del que gira su vida. Tengamos en cuenta también otros factores, como la generalización de los discursos de odio en respuesta a la creciente diversidad social o la promoción generalizada del uso de los dispositivos electrónicos como modo de no estar en relación cuerpo a cuerpo. Y, además, en los últimos meses se ha hablado públicamente mucho de ellos y ellas, generalmente desde una visión muy negativa, de sus transgresiones, incumplimientos y también, aunque menos, de sus crecientes problemas de salud mental. La pandemia aparecería, desde esta perspectiva, más que como causa, como catalizador que puede hacer que la incidencia de las violencias (de y hacia) adolescentes, esté aumentando. Aunque tenemos un sistema de justicia juvenil con un buen funcionamiento, tanto en su vertiente jurídica como en la educativo terapéutica, y aquellos menores de edad que protagonizan actos violentos y son juzgados por ellos tienen acceso a un tratamiento justo y de calidad, parece claro que faltan más programas de prevención de la violencia desde una perspectiva comunitaria que atiendan a la nueva realidad de los más jóvenes. La implicación de las familias en este proceso no debería ser una elección.